El advenimiento de la República en Madrid en
1931 según un testigo bañezano.
Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA
(Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas –
Valduerna, Valdería, vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la
Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia de 1808 a 1936), recientemente
publicado en Ediciones del Lobo Sapiens por José Cabañas González.
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La proclamación de la Segunda República
produjo una fuerte conmoción colectiva y tuvo una profunda significación
popular. Se tenía la sensación de que con su llegada se harían realidad rápidamente
cambios sociales largo tiempo esperados. Contó la República con una evidente adhesión
popular, pero los protagonistas del nuevo régimen fueron los representantes de
unas clases medias urbanas insertas en la tradición de una izquierda liberal,
herederas del pensamiento ilustrado y de la mentalidad reformadora de la ILE y
el movimiento regeneracionista popular. Para estos políticos de talante
profesoral la reforma y la regeneración de la sociedad española de 1931, eminentemente rural y con un elevado grado de
analfabetismo, solo era posible a través de la educación y la cultura. Pero
desde los comienzos de su andadura, la República vio como las iniciativas de
reforma, más o menos acertadas, de sus gobernantes se veían obstaculizadas por
privilegios seculares, intereses económicos, y marcadas diferencias ideológicas
y de clase.
Mientras tanto, el primer día de la
nueva era republicana España fue una fiesta, y en palabras de quien sería el
primer presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, abogado brillante,
terrateniente liberal, católico practicante, monárquico decepcionado,
finalmente republicano a machamartillo y político equidistante en un tiempo
malo para moderaciones, "la revolución fue tan pacífica y la multitud tan
noble que la última noche de la familia destronada en Palacio no ofreció
peligro ni sobresalto". Un día aquel –no sé si vivido o soñado- (diría
Antonio Machado al conmemorar su aniversario en 1937, con la traición y la
guerra ya desatadas) en que unos cuantos hombres honrados llegaban al poder sin
haberlo deseado, acaso sin haberlo esperado siquiera, pero obedientes a la voluntad
progresiva de la nación, con la insólita y genial ocurrencia de legislar
atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de
la historia, que es el del porvenir. Para estos hombres eran sagradas las más
justas y legítimas aspiraciones del pueblo; contra ellas no se podía gobernar,
porque el satisfacerlas era precisamente la más honda razón de ser de todo gobierno;
y estos hombres, nada revolucionarios, llenos de respeto, mesura y tolerancia,
ni atropellaron ningún derecho ni desertaron de ninguno de sus deberes.
El 14 de abril de 1931, el joven
periodista Josep Pla desembarcó en Madrid. Nada más apearse del tren el
escritor catalán pudo asistir, en el transcurso de unas pocas horas, al
desplome silencioso de la monarquía y al sorpresivo advenimiento de la Segunda
República española, cuyo transcurso y detalles fue anotando en su dietario,
hora a hora y día a día: sucesos, personajes, noticias, impresiones,
encuentros... A las doce del mediodía Fernando de los Ríos vaticina optimista
que, antes de dos años, la República se implantará en España. A las cuatro de
la tarde, la bandera republicana asciende lentamente por el mástil del Palacio
de Comunicaciones, pero, como no hay viento, la tela cae y solo pueden verse
los dos viejos colores conocidos (el morado se esconde entre los pliegues). De
la inicial perplejidad, cuenta Pla, se pasa al entusiasmo.
La multitud avanza,
calle de Alcalá arriba, hacia la Puerta del Sol. Los comerciantes retiran de
sus tiendas, más o menos discretamente, cualquier símbolo que los relacione con
la Monarquía. Ya no hay proveedores de la Casa Real. En el Hotel Príncipe de
Asturias, en la Carrera de San Jerónimo, la bandera republicana cubre la
palabra "Príncipe". El establecimiento se ha convertido en un
instante en "Hotel de Asturias". Suena la Marsellesa. Suena el Himno
de Riego. Suena la Internacional. Suenan vivas y mueras y todo adquiere un
aire, dice Pla, "de verbena triunfante". Los funcionarios y las
clases altas ven con indiferencia el espectáculo. Ni la aristocracia -que lo
debe todo a la monarquía- ni el Ejército, que sirvió tantas veces de
justificación a las instituciones reales, ni las familias ligadas, por tantas
razones, al Estado, han dado señales de vida. En los círculos monárquicos,
sigue explicando Pla, "se ha dado como un campeonato para ver cuál izaba
antes la bandera republicana".
Los ciudadanos de a pie confraternizaban en las calles en
medio de la efervescencia política, el júbilo y los bailes populares… Los
cronistas aluden incluso a un clima magnífico: olía a primavera opulenta y a
libertad recién conquistada. “Los observadores forasteros manifestaron su
asombro ante un cambio de régimen tan unánime, plácido, sin efusiones de
sangre, pacífico…”, tanto, que no fue precisa la declaración del estado de
guerra que el gobierno dimisionario tenía prevenida (y llegó a disponer) y cuyo
bando fue publicado por El Sol el día 15.
Sobre los acontecimientos vividos aquellos
días en Madrid, el 21 de abril le narraba el bañezano Vicente Fernández Alonso,
farmacéutico establecido en la calle Serrano 84 y Padilla1, en carta a su amigo
José Marcos de Segovia, como la ciudad “está como si nada hubiese pasado y
parece imposible que una transición tan grave y tan brusca, además de
inesperada, se haya hecho sin derramamiento de sangre. El pueblo soberano ha
sido un asombro de formalidad, pues a pesar de la aglomeración nunca vista, las
borracheras y la alegría algo inconsciente del gentío, no hubo más desperfectos
que los de la estatua de Felipe IV. En la madrugada del domingo apareció la
Cibeles con los brazos rotos, pero esta salvajada no puede achacarse a los
revolucionarios; se cree que han sido los seguidores del demente Albiñana (los
legionarios de su monárquico y ultraderechista Partido Nacionalista Español) con
objeto de producir indignación en la burguesía”. A tal tránsito había él contribuido,
“siendo interventor en uno de los colegios electorales más difíciles (el de su
señorial barrio de Salamanca), pero así y todo sacamos 31 votos de mayoría,
cosa asombrosa donde más del 50% de los electores son millonarios”.
Después de la victoria electoral sería don Vicente enviado a la Prisión Modelo
madrileña por la esposa del zamorano Ángel Galarza Gago (radical socialista
partícipe en el Pacto de San Sebastián y preso con los miembros del republicano
Comité Revolucionario) el día en que éste quedó libre, y con él pasó allí unas
horas, y ya en los primeros días de la República intentaba hacer valer sus
influencias en Madrid el farmacéutico de origen bañezano, apoyado en “su muy
buena amistad con Galarza y con Miguel Maura y Fernando de los Ríos”, y aprovechando
la ocasión de ser Álvaro de Albornoz ministro de Fomento y subsecretario en
aquel ministerio Félix Gordón Ordás, leoneses ambos, para interceder por la
terminación de “la carretera esa que empieza en Nogarejas y termina en un
puente, paralizada porque a ella se oponen en Zamora”, confiado en que “podrán
salir las obras a subasta en cuanto se consolide la República”, lo que
satisfará al cura de Monbuey, “pues allí están interesadísimos en tener la
carretera, y en realidad la necesitan”, expone quien seguiría siendo en los
años republicanos entusiasta de la República social y de la causa de los
trabajadores y de los desposeídos, convencido propagador del socialismo, y
eficaz colaborador de la izquierda bañezana en sus inquietudes y pretensiones de
progreso (al que también contribuían sus hermanos Carlos y Eumenio, desde su
farmacia el primero y su comercio de múltiples productos el segundo, ambos en
la bañezana calle del Reloj).
