martes, 10 de mayo de 2011

Manuel Cruz Pérez


José Cruz Cabo
Manuel Cruz Pérez, nació en Camas (Sevilla), y el año 1925 llegó a nuestra ciudad, como tonelero para la Tonelería que había iniciado en La Bañeza, el señor Emilio Perandones. Ya era viudo y un día se le ocurrió preguntar donde podía hacerse un traje y le dijeron que en la sastrería del Señor Pepe. Llegó a la casa, que hoy es el teatro, y encontró a una señorita fregando el portal y le preguntó si era esa la sastrería, Everilda Cabo Valenciano, que así se llamaba la señorita, le dijo que sí. Manolillo, como comenzaron a llamarle en la ciudad, pensó que esa señorita tenía que ser su mujer. Pasado el tiempo, la relación de Manuel y Everilda se fortaleció y un día del año de 1926, Everilda le dijo a Don Lucas Castrillo, párroco de El Salvador y compañero de estudios del sastre José Cabo Verde, que había que ir pidiendo los papeles de Manolo a Sevilla y Don Lucas le dijo, no te preocupes, ya sabemos que Manolillo es una buena persona. El domingo siguiente, cuando Everilda salió a peinar por las casas, le dijeron que le habían leído los proclamos. Se ponían a la puerta de la iglesia, y no lo creía porque no había sido pedida siquiera. Ella iba a misa a las Carmelitas. Como era verdad que los proclamos ya estaban iniciados, hubo que acelerar la boda y en noviembre de ese año, se convertían en marido y mujer. Manolillo cogió la costumbre, cuando vino a la ciudad, de cantar saetas al paso de las imágenes de Semana Santa, con esa preciosa voz y estilo típicamente andaluz. Manuel tenía 36 años y Everilda 33. Ellos siguieron con sus trabajos, y en abril de 1930 nací yo, en la hoy vía de la Plata. Hubo un paréntesis, y en el año 1931 me llevaron con ellos a Hervás, para volver en 1932, con objeto de dar a luz a mi hermano Manuel. Al poco tiempo mi padre era nombrado cabo de serenos y mi madre, una vez restablecida del parto de mi hermano, puso en la casa de la calle Padre Miguélez, donde vivíamos, una especie de colegio para niños de 2 a seis años, ya que hasta los seis no se podía entrar en la escuela. Los domingos por la mañana peinaba por las casas. La primera vez que le oí cantar las saetas a mi padre, fue en el balcón de la casa de Padre Miguélez, donde hoy está la Librería Arlequín, que nos sacó mi madre envueltos en mantas al balcón, yo tenía cuatro años y cuando terminó de cantar a la Virgen de la Soledad, de Jesús Nazareno, hoy la imagen de Fina Luna, mi hermano Manolo no se pudo contener y dijo “Viva mi papá”. Luego ya salíamos hasta la Plaza Mayor, o la calle del Reloj, o a la plaza Obispo Alcolea, para oir cantar a mi padre las saetas. Concretamente las monjas Carmelitas le pidieron que cantara en la Plaza Obispo Alcolea, para poder oirlo, y cantó en la casa que hace esquina con la calle de Conrado Blanco, donde tenía la zapatería Agapito Toral, el que fue marido de la carnavalera Celia Amigo. También en verano salíamos a la Plaza Mayor para oir cantar a los serenos, que lo hacían en el centro de la Plaza y se llenaba de gente para oirles cantar el inicio de la guardia. En 1938, en febrero, moría mi madre Everilda de una pulmonía y estuvimos casi dos años fuera de La Bañeza. Mi padre en agosto del 38 marchó de tonelero a Puerto de Bejar y nosotros terminamos en Sevilla con mi tía Eugenia y su hija Isabel, que habían venido desde Sevilla para cuidar a su hermano y sus dos sobrinos. En septiembre de 1940, mi padre volvió para La Bañeza, de tonelero para Pausílipo, que acababa de poner una tonelería en la hoy Avenida de la Plata. En noviembre se casó por tercera vez, con Pilar Cortés Prieto y poco antes de las Navidades de ese año, nos trajo a mi hermano y a mí desde Sevilla para La Bañeza. Manolillo siguió cantando las saetas hasta el año 1945, en que vinieron unos familiares del Señor Santiago Vidales, también andaluces, y también sabían cantar saetas, aunque en otro estilo, pero a mi padre le picaron con que los había contratado la cofradía de Jesús y se hinchó a cantar saetas hasta el punto de que más de una vez le dejaron con la saeta en la boca, mientras el paso se alejaba. Al año siguiente, Don Angel le dijo que las saetas se habían acabado, mi padre ya no tenía dentadura y la voz no le salía como antes y sus saetas dejaron de oirse en la ciudad. Nuestro gran poeta, Don Nicolás Benavides Moro, General Benavides, le hizo una poesía para su libro de poemas “Momentos”. En septiembre del año de 1967, Manolillo reposó para siempre en su tierra bañezana de acogida, después de cuarenta y seis años viviendo y trabajando en ella.

jueves, 28 de abril de 2011

Angélica Falagán Blanco


POR JOSÉ CRUZ CABO
Yo conocí a la señora Angélica, sobre el año 1967, cuando me casé por segunda vez, ya que mi cuñada Pepa era vecina de ella y de sus hijos, David, Maruja y Fina, en el Barrio entonces del Convento. Y fue cuando pude comprobar por mi mismo, lo que ya me habían dicho otras personas, que si tenías un torcedura o un tendón mal, acudieras a ella que los curaba, además nunca pedía nada a cambio. Cogía lo que le dieras, aunque en mi caso nunca quiso que le diera nada y no me lo cogía.
Durante mucho tiempo, hasta el día que ya no pudo ejercer, que fue poco antes de morir, a nadie que acudiera a su casa, para que le curara dejaba de atenderlo. Tenía unas manos que parecían garfios, con cerca de noventa años, todavía, si te ponía las manos encima, veías las estrellas, pero salías prácticamente curado. Además tenía un carácter amable, cariñoso, afectuoso y el dolor que te pudiera causar, con su sonrisa y sus cariñosas palabras, lo sobrellevabas mejor. Yo tuve que acudir a ella tres veces y lo que me arregló, nunca más me volvió a doler.
La señora Angélica, además, era la que dirigía la cocción, junto a Teresa La Curina y alguna mas, y la preparación del potaje de la cofradía de las Angustias y Soledad, desde el amanecer del miércoles Santo, no en balde su marido, Esteban González, y su hijo David, fueron jueces de la cofradía de Las Angustias, y sus hijas Maruja y Fina, desde pequeñas, junto con su hijo Miguel, la acompañaban para ayudarla, no solo en ese día, sino en los días anteriores para prepararlo todo, para que al amanecer del Miércoles se pudiera comenzar a cocinar el potaje y el bacalao. Entonces no se daba a tanta gente como ahora, pero el trabajo había que hacerlo igual. Era una devota fiel y entregada a la Virgen de Las Angustias, bajo su manto murió, y eso la llevaba a no perderse la novena ningún año que estuviera bien de salud, que mientras yo la conocí la tuvo muy buena, aunque la edad nos traiga achaques a todos los humanos, porque ya digo que, hasta poco de fallecer, seguía curando a todos los que acudían con algún golpe o algún retortijón, porque ella las roturas no las tocaba, los que llevaban algo roto, los enviaba rápidamente al médico. Entonces en ese barrio y, concretamente, en la calle de San Julián, que era donde ella vivía con su hija Maruja y su yerno Luis Mantecón, los vecinos se conocían todos, y en los veranos por la noche salían a la puerta de casa y formaban tertulias y en cualquier momento en que tenían ocasión, charlaban a la puerta o se deban las noticias que sabían. Cuando llegaba el santo o el cumpleaños de alguna, se casaba un hijo o había un nacimiento en el grupo de amigas, ya en aquellos años de nietos o nietas, solían hacer una colecta entre todas y le hacían un regalo, que solía terminar en una merienda. Era una calle muy unida. Una vez que se construyeron las diez casas de la comunidad que se creó para ello.
La señora Angélica, era la abuela de todas entonces, y además una mujer que siempre estaba dispuesta a ayudar, a dar un consejo, a ser solidaria con los demás, y eso era muy apreciado en aquel barrio y en aquel tiempo, porque a su casa llegaban gentes de todos los sitios de la ciudad que tenían algún problema de tendones y de manera especial los futbolistas o deportistas de aquellos años, a los que ella atendía, curaba y les volvía a poner fuertes para seguir haciendo deporte. A nadie dijo no, y siempre ponía buena cara, cuando los demás necesitaban algo de ella, y además nunca pedía nada, si algo le daban, lo recogía y además lo agradecía. Entre ayudar a los demás y trabajar para la cofradía de las Angustias, cuando la necesitaban, no solo durante el potaje, ella se sentía feliz y como dicen ahora, realizada. Fue una esposa fiel, una madre cumplidora y entregada a sus hijos y una mujer ejemplar, en todo lo que podía hacer por los demás. La señora Angélica Falagán Blanco fue un ejemplo de bañezana amante de su ciudad, porque siempre, siempre, ayudó a todo el que se lo pidió y estuvo entregada toda la vida, a la Cofradía de Las Angustias y Soledad.

JOSEFINA ÁLVAREZ ANDRES LUNA ó Fina Luna


JOSÉ CRUZ CABO
Yo conocí a Fina Luna, como la llamaban sus amistades y sus familiares, siendo un niño en los años treinta. Su padre era médico y vivían en la calle Padre Miguélez, donde esta hoy la tienda “Avenida”. Pasados unos años, se cambiaron para la Plaza Mayor donde está la Joyería Isaac, y cuando su padre se jubiló, se fueron a vivir a Madrid. Yo la recodaba de niño, pero la diferencia de edad era mucha para que jugáramos juntos como ella decía. Lo que sí recuerdo fue la primera vez que vinieron desde Madrid, su hermana Carmen y ella a las procesiones de Semana Santa, y como se enamoró de la Virgen de la Soledad, de la Cofradía de Jesús Nazareno. La mandó restaurar, le hizo el trono y el vestuario y esta virgen del siglo XVIII, volvió a salir en hombros en las procesiones. Cuando fui a hablar con ella, por este motivo, y le traté de usted, la diferencia de edad y de posición era grande. Me dijo con mucha gracia: “Hombre Pepe, como me tratas de usted, si jugamos juntos”.Ella cuando marchó de aquí era soltera y estuvo quince años trabajando en el Sanatorio de La Paz, ya que ella era profesora de piano y se dedicó con el piano, a conseguir que los enfermos operados de garganta pudieran volver a hablar.
Después se casó con un ingeniero extranjero, no tuvieron hijos y Fina, en cuanto pudo, se vino a vivir a la ciudad que la vio nacer. Entre ella y su hermana Carmina, costearon las dos imágenes que rodean al cristo crucificado del retablo de Santa María, hizo muchas donaciones tanto a las cofradías, como a las dos iglesias de la ciudad, regaló a la cofradía de Jesús Nazareno, una imagen de la soledad pequeña para que la pujaran los niños. Posteriormente, al recuperarse la Cofradía de la Vera Cruz, se hizo cofrade y lo primero que se le ocurrió fue regalar una Virgen a dicha cofradía, ya que lo que tenía esta hermandad era una Verónica que era la que realizaba el encuentro con Jesús Nazareno, ya muy deteriorada, que hubo que restaurar. No solo regaló la imagen, sino varias vestimentas para la misma y todavía dejó unos miles de euros para reconstruir la nueva capilla, que ella se marchó con la pena de no verla comenzada, porque la ayuda económica hubiera sido mucho mayor. Ella disfrutaba comprando o pagando cosas para las distintas cofradías de la ciudad, así como para diversas asociaciones, a las que regaló banderines o estandartes, también a nuestra banda municipal, pagó los trajes de la Banda de Cornetas y Tambores de La Soledad, que  luego desapareció, aunque ahora muchos de sus componentes pertenecen a la de la Cofradía de la Vera Cruz. Para ella su ilusión era ver una Bañeza unida, sin odios ni rencores, que todos trabajáramos por engrandecerla y así lo dijo en muchas ocasiones. Fue la artífice de poder organizar la fiesta de la Calle Padre Miguélez y durante unos años se celebró con una misa en la capilla de las Hermanas Carmelitas y después una cena, para todos los vecinos de dicha calle, los que habían vivido antes y los que estaban viviendo en la misma ahora. Fue una fiesta muy cariñosa que nos hizo recordar vivencias y amistades que se habían perdido con el tiempo, algunos venían a celebrar la fiesta y era una gran ilusión encontrarlos, a pesar de que ha sido la calle más triste para mi vida, pues en ella se murieron mi madre, Everilda, mi abuela Marcelina, mi primera mujer, Angeles y mi única hija también Angeles. Pero esa es otra historia.  Con el tiempo, y a petición de muchas personas que la queríamos, el ayuntamiento le concedió la insignia de oro de la ciudad, lo que ella disfrutó a lo grande, ya que su única pasión era ver a la ciudad que la vio nacer, prosperar, engrandecerse, estar unida y ser la más importante de la provincia de León. Siempre que salía fuera de aquí, hablaba de La Bañeza como si fuera la ciudad más bella, más rica, más trabajadora y más alegre del mundo. Su bañezanismo era inalterable y su ilusión por verla engrandecerse, era lo más importante de su vida, por eso colaboró con su dinero con todas las cosas que le pidieron y ella podía costear, y muchas veces sin pedírselo, se adelantaba ella a las necesidades que veía y que ella podía remediar. Josefina Andrés Alvarez Luna. Fina Luna, fue una gran mecenas para La Bañeza.

lunes, 14 de febrero de 2011

Gonzalo de Mata Ferrero, Un gran médico y mejor persona

José Cruz Cabo
Aunque ya hacía años que sabía de sus andanzas, no conocí e intimé con Don Gonzalo de Mata Ferrero, hasta los años sesenta y la primera vez que hablé con él, fue en la Plaza Obispo Alcolea, donde tenía Víctor de la Fuente, el estudio de fotografía, hoy es el Infanta Cristina y la Plaza del Centenario. Había comprado él un magnetofón recién puestos a la venta, y quería registrar el sonido de un pedo. Estuvo más de una hora con esa cantinela pero no lo consiguió grabar. Poco tiempo después de aquello, los de Acción Católica, me hicieron viajar con él para dar unas charlas sobre el seminario en las iglesias de Regueras y Azares, yo entonces no tenía carnet ni idea de tenerlo, y a pesar de lo cerca que íbamos, pasé todo el miedo que quise, porque me iba hablando y soltaba el volante. Después, en los años setenta, se hizo colaborador de nuestro semanario, “El Adelanto Bañezano” siendo yo ya entonces subdirector del mismo, y sus artículos eran muy simpáticos, ya que siempre escribía en broma y, en uno de ellos puso, hablando de las mujeres, “las reinas de la casa” y nosotros nos confundimos y pusimos “las ruinas de la casa”, lo que provocó otro artículo más hilarante aún, porque Gonzalo de Mata Ferrero, todo lo tomaba a broma, menos su profesión y la religión, ya que era un médico muy preocupado por sus pacientes y cristiano a macha martillo. No permitía bromas sobre la religión. Pero el tiempo que estaba en la imprenta, cuando nos traía los artículos suyos, eran de pura broma y de tratarle de tú, si no se enfadaba, aunque fue uno de los pocos médicos que era Doctor en Medicina, no solo Licenciado, como la mayoría.
Después un día tuve un problema de salud, era sábado por la tarde, no había todavía urgencias en el primer centro de salud que tuvo nuestra ciudad, y le llamé a su casa. Me contestó, “te espero dentro de media hora aquí”. Llegué y me mandó pasar a su despacho-clínica, y me hizo el reconocimiento más perfecto que me han realizado en mi vida y me dijo “no tienes nada de importancia”, te compras esto y te inyectas una al día, durante cuatro días y efectivamente los problemas se me pasaron, cuando le dije “qué te tengo que dar por la consulta”, casi me pega. “Anda Pepe, marcha y no te preocupes del pago”. Varias veces, mientras ejerció la medicina y ya jubilado, fui a su casa y nunca quiso cobrarme nada, a pesar de hacerme hasta análisis rápidos de orina.
Hubo muchos domingos, o fiestas de guardar, que nos encontrábamos en la Plaza Mayor por la mañana, y paseábamos un buen rato, su conversación era muy amena y te contaba anécdotas de su vida, ya que estuvo a punto de ser médico militar de la Marina Española, luego le adjudicaron varios pueblos de la zona de Maragatería y posteriormente de La Cabrera, hasta llegar a ser nombrado especialista de la piel para los centros de salud de La Bañeza y Astorga, donde se jubiló, a los setenta años. Por tanto era una persona que tenía muchas vivencias y las solía contar con mucha gracia.
Ya jubilado, le tocó vivir los años de la apertura democrática de España y ponía a los políticos a caldo, porque permitían muchas inmoralidades, ya que él era un inconmovible defensor de la ética y la religión y decía que esas incongruencias de los políticos, le iban a traer muchos quebraderos de cabeza a nuestra nación. Fue también un defensor a ultranza de los grajos, ya que en los muchos árboles de su huerta, tenía una enorme cantidad de nidos de estas aves y decía que eran muy buenos para la agricultura, porque solo se alimentaban de los bichos que perjudicaban a las plantas. De todas las maneras, los vecinos estaban enfadados con él, porque decían que en la primavera y el verano, el chillido de estos pájaros les tocaban diana muy pronto y al final se decidió por vender los árboles, pero le causó mucha pena, ya que él la gozaba contándonos la diferencia de los grajos de su huerta, con otras especies del mismo pájaro, porque había traído a unos ornitólogos para que los estudiaran. La verdad es que el Doctor en Medicina, Gonzalo de Mata Ferrero, fue un hombre entregado a su profesión, profundamente católico y enamorado de su tierra bañezana, donde descansó al final.

lunes, 7 de febrero de 2011

Antonio Martín Toral: Un empresario bañezano de los que engrandecieron la ciudad


José Cruz Cabo
Yo inicié el trato con Antonio Martín Toral y con su hermano Manolo, con motivo de comenzar a dar publicidad de las películas de la semana, en “El Adelanto Bañezano”, en los años sesenta y setenta. Una vez a la semana, cuando los contratos de las películas estaban ultimados, me presentaba en la oficina de su fábrica de harinas, donde hoy está la Oficina de Turismo, para que me dieran la relación de las películas a proyectar en la semana siguiente, comenzando el sábado.
Poco a poco fui conociendo a Antonio Martín Toral, que me asombró por sus grandes conocimientos culturales, por su gran sencillez y amabilidad, y sobre todo por su gran generosidad y caridad. Era un empresario vocacional y conocía el mundo de la empresa y las finanzas a fondo. Era un profesional como la copa de un pino, pero sobre todo era un ser humano excepcional, porque muchas veces estando yo en la oficina, llegaba alguien a pedir una limosna y a nadie se le decía que no, todos llevaban algo, a parte de lo que ayudaban sin que su mano izquierda supiera lo que hacía su derecha. Era un hombre de una gran capacidad intelectual, pero al mismo tiempo era una persona profundamente cristiana y lo demostró en múltiples ocasiones.
Yo llegaba a la oficina y Carlos, el contable que tenían de muchos años, me daba la relación de las películas y cuando ya las tenía y me iba a levantar, para marcharme, siempre me decía Antonio, no tengas prisa, espera un poco más, y entonces nos poníamos a charlar de los avatares de la política, de la economía, de geografía, de historia, de lo que saliera en la conversación, que solía durar alrededor de una hora. Cuando yo cogí confianza con los dos hermanos, le decía a Antonio que me acordaba mucho de su noviazgo, ya que la que fue después su mujer, vivía en la calle Padre Miguélez, por donde yo siendo un chaval y un joven andaba mucho, y por las noches les veía a ambos en el portal de la casa charlando, en aquellos años, las expresiones de cariño no se podían dar en la calle, y que la gente comentaba que eran el príncipe y la cenicienta, porque él era de familia rica, como se decía entonces, y ella era una costurera, que vivía, con sus otras dos hermanas, de vestir a las mujeres. Antonio se reía porque decía “Yo cuando la conocí me gustó, la quise, y no me fijé en nada más que en sus virtudes, y además he sido profundamente feliz con ella”.
Me contaba los problemas que tuvo que vencer en los años cuarenta, para conseguir construir el Cine Salamanca, dado que el hierro era por cupo y podían ponerte pegas y no dejártelo comprar, por lo que tenías que buscar amigos influyentes que te facilitaran la compra. Algunos veranos coincidíamos en el monte, cuando yo salía de trabajar en verano, porque en una de esas tardes nos hicimos amigos de una asturiana que solía estar sola en el monte y todos los días que podíamos, mi esposa y yo, ibamos a acompañarla sobre las seis y media de la tarde. Allí me encontré con ellos varias veces, juntamente con sus inseparables amigos, Pedro Escudero y Francisco Ferreiro. Allí hablábamos de todo y disfrutábamos de la naturaleza y de los buenos olores del campo, mientras hacíamos piernas y comentábamos todas las noticias que surgían tanto a nivel nacional y mundial, como local. La conversación de Antonio era de profundas convicciones y nunca se alteraba por nada, aunque no estuviera de acuerdo, él los desacuerdos los solucionaba hablando e intentando convencer a su interlocutor.
Fueron muchas las conversaciones que mantuvimos y a través de ellas pude apreciar lo mucho que amaba a nuestra y su ciudad, de los esfuerzos que hizo por hacerla más conocida, del arduo trabajo que realizó para mantener abiertas tanto la fábrica de harinas como el Cine Salamanca, pero los años no perdonan y aunque al morir Antonio, siguió su hermano Manolo, ayudado por la familia de Marcelo Toral Pascua, primos carnales, al final hubo que cerrar la fábrica de harinas y posteriormente el grandioso Cine Salamanca, orgullo de nuestra ciudad durante muchos años.

lunes, 24 de enero de 2011

Julia Marcos Macías: Una mujer con un corazón de oro

Yo conocí a la Señora Julia, cuando en los primeros años de la postguerra, tenía un bar en la calle Santa Elena, denominado “La Parra”. Recuerdo una carrera ciclista con Ramonín, el de las bicicletas y Asensio, más conocido por Delio, de cómo al llegar a la puerta de la “Parra”, les daban agua o les rociaban con el caldero en aquellos meses agosteños de la Patrona. Al poco tiempo se hizo cargo del entonces, Hotel Magín que ella, junto a su esposo Domingo del Riego, cambió por Hotel Madrid, en la calle Juan de Mansilla, donde estuvieron de clientes D. José Víctor y Don Alberto Gutiérrez.
Pero la Señora Julia Marcos, era una gran cocinera y enseguida comenzó a darle fama al Hotel y las comidas más importantes de aquella época las daba el Hotel Madrid, unas veces en el comedor del hotel, otras en el Nuevo Casino o en el Círculo Mercantil, dado que las bodas de la gente con dinero, se daban tanto en el Nuevo Casino como en el Círculo Mercantil, según de donde fueran socios los padres de los novios contrayentes. Cuando vino un equipo del Real Madrid a jugar a Astorga un partido amistoso, paró al día siguiente en nuestra ciudad, y la Peña Real Madrid, con su presidente José Tardío a la cabeza, les dieron una comida, en los salones de la Peña, que entonces eran los bajos del Casino y fue la señora Julia la encargada de cocinarla y los miembros del Real Madrid, marcharon encantadísimos de la riquísima comida servida por el Hotel Madrid
Pero la mayor virtud de la Señora Julia, era que en su cocina no se estropeaba nada, lo que sobraba de las bodas, en aquellos años de hambre y necesidad, se marchaba para las casas más necesitadas del Barrio de San Eusebio o de otras zonas de la ciudad, ya que ella, una vez que se había servido el banquete, llamaba a las mujeres necesitadas y les daba la comida sobrante que quitaban el hambre a unas cuantas familias pobres de aquellos tiempos. Esa costumbre no la perdió mientras estuvo al frente de la cocina del hotel, con el tiempo ayudada por sus hijos, José Luis, Jesús María (El famoso Ramallets) y Julia Maria, que era la encargada de los adornos de las mesas.
Fue una mujer, como la famosa Catalina de Boño, esclavas de sus pucheros, de sus tarteras y de sus sartenes, pero sus guisos sabían a gloria porque estaban regados con su sudor, su saber y su alma que dejaban entre los fuegos de sus cocinas. En aquellos años eran famosos sus huevos al Madrid, su pollo de corral, entonces no los había de granja, los pimientos rellenos y los calamares y gambas a la gabardina. En una comida de una boda dada por el Hotel Madrid, fue cuando yo comí por vez primera los langostinos, que eran totalmente diferentes a los de ahora.
Una vez que Mari Juli se casó con Saturnino Cabo y pusieron la imprenta librería “Gráficas Nino”, mandábamos a Maximino López Abad, que acababa de entrar de chico en la imprenta, al Hotel Madrid, para que le dieran los datos de las bodas para ponerlas en “El Adelanto”, entonces sin bañezano y siempre la señora Julia se las arreglaba para meterle en una bolsa cosas sabrosas que habían sobrado de la comida nupcial, para los de la imprenta. Cuando Jesús María del Riego o Ramallest, como era más conocido, se casó con Maruja Acebes, ésta fue primero la ayudante de su madre política y la que le heredó, después, todos los secretos culinarios de la Señora Julia, que ella siguió durante bastantes años, hasta que se jubiló.
Pero la señora Julia Marcos Macías, fue una mujer de un corazón y una bondad extraordinarios, siempre estuvo pendiente de sus huéspedes y de sus clientes del comedor o restaurante. Para todos tenía una palabra amable y su sencillez y bondad, eran tan afectuosas, que todos los que la conocíamos la queríamos, por lo que su paso por este mundo fue una gran suerte para mucha gente necesitada, a las que daba todo lo que tenía y no solo comida. En estos relatos que estoy haciendo de personas bañezanas que no deben de quedar en el olvido, la Señora Julia debe tener un hueco de honor en las mismas, ya que fue una mujer excepcional.

jueves, 16 de diciembre de 2010

D. Julio Tagarro González

osé Cruz Cabo.- Yo conocí mas a fondo a Don Julio Tagarro, como se le conoció en la ciudad, en el año 1946, con motivo de un pequeño accidente que tuve, al poco de entrar en la imprenta de mi tío Rafael Cabo Valenciano, llamada Gráficas Rafael, recién inaugurada en la Plaza Mayor. Me fui a su consulta, porque me había reventado un engrane, de una máquina de imprimir, la yema de un dedo.
Don Julio que tenía un carácter muy bromista y de una simpatía innata, me vio el dedo y me dice: “Ay Pepe, vamos a tener que cortar la falange”, con el doble sentido del dedo y de lo que se vivía entonces en España. La cosa terminó solo con el cambio de uña, y me dice, cuando me dio el alta: “Menos mal que no tuvimos que acabar con la falange”.
Tres años más tarde, fui un lunes a su consulta porque me dolía el pecho y me auscultó de arriba abajo y me dice muy serio. “Mira Pepe, te voy a dar un consejo, porque de momento no necesitas medicarte, o dejas el fútbol o coges la tuberculosis. Si tuvieras mucho para comer, no hubieras tenido que venir a mí y podías seguir con el fútbol, pero como se que después de un partido, no tienes un buen bocadillo de jamón, te recomiendo que dejes el fútbol” y ante el miedo de coger la tuberculosis dejé el fútbol.
Don Julio era un gran aficionado a dos cosas sobre todas, el ajedrez y la lectura, pero sobre todo las obras de Jardiel Poncela. Era especialista en pediatría, pero que como todos los médicos de entonces, tenían que curar de todo, cuando la enfermedad no venía mal dada. En ajedrez fueron durante unos años muy famosas sus partidas con Angel Nistal y alguno más de los aficionados de entonces. Como lector, sus obras preferidas eran las de Jardiel Poncela, pero leía todo lo que era literatura cómica o de risa. A el cuando cogía un libro, le gustaba desconectar de los problemas de su profesión, que no solían ser alegres. Fue también durante unos años censor de la prensa que se publicaba en nuestra ciudad y había que llevarle “El Adelanto y otros impresos a que los censurara, pero nunca tuvimos problemas con él. Solo una vez porque un colaborador forastero nos mandó un artículo y resultó que estaba copiado de uno de Jardiel Poncela y no le gustó, pero era muy difícil conocer toda la literatura que se publicaba entonces.
Fue colaborador durante un tiempo del semanario de nuestra ciudad y sus artículos tenían muchísima gracia, pues solo escribía en plan de broma y sacándole el lado cómico al artículo. Fue el precursor de la autovía, porque cuando se inauguró la Nacional VI, publicó un artículo diciendo que se llegaría a hacer la desviación de la desviación, ya que la nacional VI pasaba por el centro de la ciudad, hasta que se hizo ese primer desvío de carretera, que a su vez hoy se está convirtiendo en una gran avenida.
Después fueron bastantes años los que lo traté y pude intimar con él, fue el primer presidente de la Adoración Nocturna, y estuvo muchos años de presidente. Una de las elecciones, los jóvenes quisimos tomarle el pelo, porque siempre salía por unanimidad y nos pusimos de acuerdo para votar por Benito Carracedo, y salió Don Julio solo por dos votos. Tan mal le pareció al médico que tuvimos que ir otros dos jóvenes y yo, a su casa, para explicarle lo que habíamos hecho y pedirle perdón.
Durante varios años hasta su jubilación, fue el médico de mi familia, ya que era el doctor con el que estaba igualada mi abuela y después mis tíos, por lo que le traté mucho tiempo, pues también era un gran aficionado al fútbol y siempre que podía subía a La Llanera, a animar al equipo de su ciudad. Don Julio fue un hombre sencillo, simpático, amable, lleno de amor por su tierra, de la que nunca quiso separarse, aunque tuvo ofertas tentadoras para marcharse a otras zonas, profundamente religioso y nada interesado, ya que muchas veces trabajó por amor al arte, cuando la familia que lo requería no tenía para pagar la iguala. Después fue pediatra de la Seguridad Social.