No cabe duda que el Colegio de disminuidos psíquicos, Nuestra Señora del Valle, ha sido uno de los grandes logros conseguidos, por el primer ayuntamiento democrático de nuestra ciudad, que encabezó como alcalde con mayoría absoluta, el Industrial Guillermo García Arconada, que, además, fue elegido diputado Provincial. En uno de los primeros plenos de la Diputación del que era presidente, el médico leonés Rodrigo de Santiago, se trató de la creación en la provincia, de un centro que acogiera a los enfermos psíquicos de la misma en régimen de internado. Cuando salieron de la sesión, Guillermo comenzó a convencer al presidente que dicho centro se construyera en nuestra ciudad, y Rodrigo de Santiago le dijo, al entonces nuestro alcalde, que si le donaba los terrenos se haría en La Bañeza. Justo en ese momento entraba en la Diputación el industrial de la ciudad, y dueño de los terrenos, donde hoy está este maravilloso centro, José Ribas Villadangos y, Guillermo le paró, le presentó al presidente de la Diputación, y le explicó que necesitaba unos terrenos con objeto de hacer un centro, que acogiera a los disminuidos psíquicos, ya que si se regalaba el terreno a la diputación se haría aquí este colegio.
Pepe Ribas, como era conocido en nuestra ciudad, le dijo que se podía hablar sobre el tema, y quedaron en reunirse para su estudio. Efectivamente en la siguiente reunión se llegó al acuerdo de la cesión gratuita, de 50.000 metros cuadrados del terreno que poseía enfrente del entonces Mesón La Fragua, y a cambio le tendría que construir el ayuntamiento dos viales o calles, con todos los servicios de agua, luz y alcantarillado, uno que entraba enfrente de donde está hoy el Restaurante Hostal La Hacienda y el otro donde está actualmente la entrada a dicho colegio. Guillermo García le ofreció a Rodríguez de Santiago, ponerle al colegio, el nombre de la mujer del presidente, que se llamaba Paloma del Valle, y éste le dijo que se dejara el título de Nuestra Señora del Valle.
La diputación, una vez firmado el acuerdo, comenzó el proyecto para construir el Colegio y al año siguiente se iniciaban las obras, pero en l981, una cacicada a nivel provincial, de los mandos del partido gobernante UCD, obligaron a Guillermo García Arconada a dimitir como alcalde y nombrar a Antonio Fernández Calvo. El colegio se siguió construyendo y cada poco llegaba una nota de la diputación, ya con otros presidentes, para que nuestro municipio hiciera los viales a los que se había comprometido, pero como no había dinero, se fueron dejando sin hacer. Gracias a que la Diputación, tenía ya construido el edificio y no se podía poner en marcha por la falta de, al menos un vial que sirviera de entrada al mismo, se decidió la Diputación a construirlo a su costa, pero el compromiso era de que se hicieran dos viales y no uno y el colegio ya construido, tuvo que buscar la forma de convencer al donante de que se conformara con uno y encima sin servicios sanitarios, ya que solo se llevó la luz, por lo que hubo que hacer pozos sépticos y pozos de agua limpia. Al final del año de 1986 se consiguió inaugurar dicho Colegio con capacidad para 90 personas de ambos sexos disminuidos psíquicos. Fue un colegio que dio un gran impulso a nuestra ciudad, dado que entraron fijos a trabajar en el mismo unas setenta personas que ahora son muchas más debido a la mejora del centro y a su ampliación, que ahora acoge a más de 130 asistidos.
Todo ello se pudo realizar, porque en sus primeros años, se hicieron cargo del mismo como directores, los hermanos holandeses, con el hermano Teodoro van der Boer, a la cabeza, que supo imprimir en los trabajadores que pusieron en funcionamiento este centro, la ejemplaridad, la dedicación y el afecto a estos seres, que tanto necesitaban de cuidados, cariño y responsabilidad, hasta llegar a ser uno de los mejores de Castilla y León, dado que a los hermanos holandeses les sustituyeron dos directores laicos, que supieron seguir el ejemplo dado por ellos, como Alejandro, primero y ahora Isabel Sánchez, lo siguieron haciendo, aumentando las instalaciones y siguiendo con la misma dedicación que les enseñaron los dos hermanos holandeses llamados Teo.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
viernes, 21 de octubre de 2011
DESPEDIDA AL PATRIARCA DE LOS GITANOS
JOSÉ CRUZ CABO.- Durante bastantes años, llamó la atención que la guardia Civil y los gitanos anduvieran juntos en nuestra ciudad y esto era debido a que durante bastantes años se hicieron íntimos amigos el teniente de la Guardia Civil, Don Honorato y el tratante en ganado, de la etnia gitana, el Señor Manolo el gitano. Todos los días Honorato, Tomás el Molancho y Manolo el gitano, iban juntos a tomar los vinos, lo mismo a mediodía que por la noche. Eran años de escasez, aunque ya comenzaban los obreros a levantar cabeza y, en aquellas décadas, a la sociedad bañezana le llamaba la atención que un gitano y un guardia civil alternarán juntos en la vida social y fueran grandes amigos. Pero con el tiempo yo llegué a saber por qué. Al jubilarme coincidí bastantes veces en el bar del Círculo Mercantil, con el Señor Manolo, ya patriarca de los gitanos, y pude apreciar las enormes cualidades que adornaban a este gran personaje gitano de nuestra ciudad.
Era un hombre de gran simpatía, su conversación siempre estaba salpicada de bromas y además dichas con gran afecto. Su palabra era ley, ya que no necesitaba nunca un papel para cumplir la palabra dada, su apretón de manos, al finalizar un trato, era como un escrito firmado por un juez, nunca dejó de cumplir la palabra dada, ganara o perdiera, su honestidad y su honradez eran impecables y todos los que hacían algún trato con él, sabían que sería cumplido al pie de la letra. Estas virtudes, unidas a su generosidad, a su bondad y a su innata gracia para estar en sociedad, le hacían una persona entrañable, con la que se se alternaba con gusto, ya que nunca le noté en los años que nos encontramos en algún bar, ni tacañería, ni adular a nadie y siempre dispuesto a hacetrte un favor. Estuvimos un tiempo sin vernos y volvimos a coincidir en el centro de salud, ya enfermo pero siempre agradable, siempre atento y siempre amigo. “Hombre, señor Manolo, hacía tiempo que no le veía, ¿que tal marcha?”. “Bueno, vamos tirando, vengo a que me remienden un poco, los años no pasan en balde”. Luego en el buen tiempo, los sábados, cuando venía a Gráficas Nino, a jugar con el ordenador y hacer las crónicas para la Cope de Astorga, de la que sigo dando las crónicas diarias de lunes a viernes, cerca de las dos de la tarde. Me lo encontraba sentado en una silla cerca de la entrada a la librería y nos saludábamos. “Que tal vamos señor Manolo”, “aquí tomando un poco el aire y refrescando del calor”, “le encuentro muy bien”, “sí, de aspecto, pero si no fueran los años y los males que hay dentro”.Hacía unos sábados que no lo encontraba en su silla a la puerta de la imprenta, pero lo achacaba a que las mañanas eran frías, pero hace dos sábados, no estaban tampoco sus hijos con los puestos y después vi la esquela. La verdad es que siempre estuvo rodeado del cariño de sus hijos, a los que guió con mano experta, para que fueran unas buenas personas y se integraran en la sociedad con trabajo y honradez, de lo que él sabía un rato. Durante su vida siempre estuvo arropado por su esposa, sus hijos y sus nietos, que le querían y le honraban, pues nunca salió de su propia casa y siempre atendido por ellos, que le acompañaban a donde tuvieran que llevarlo y a la hora de su muerte, allí estaban todos, junto a su cama y en sus honras fúnebres. Señor Manolo, le voy a extrañar y le echaré de menos, pero ahora solo pido a Dios que esté gozando en el cielo de los gitanos, como supo gozar, trabajar, sufrir y ayudar en sus años en la tierra. Patriarca de los gitanos, Manuel Jiménez Jiménez, hasta siempre.
miércoles, 27 de julio de 2011
Las fiestas de antaño y hogaño
José Cruz Cabo
Mi memoria me lleva a mediados de los años treinta, cuando las fiestas eran poco más que bailes en la Plaza Mayor, fuegos artificiales en la Plaza Fray Diego Alonso y algunos juegos infantiles. Mi primer recuerdo de los fuegos artificiales, fue en la Plaza Fray Diego Alonso, esquina con la hoy Avenida Vía de la Plata y, mi emoción de niño, cuando dos de los fuegos artificiales en el momento más espectacular estaban, dejaban caer un lienzo con la imagen de la Virgen de la Asunción y otro con la figura de San Roque. Luego durante los años cuarenta, los conciertos en la Plaza Mayor, las dianas por las calles, parando ante las casas de los alcaldes de cada año y de otras personalidades, del cuarenta y seis al cincuenta y uno, yo era uno de los componentes de la misma, los bailes y los fuegos artificiales que volvieron a la Plaza Mayor, las cucañas que reunían a gran cantidad de gente para ver trepar a los adolescentes y jóvenes por el palo, para conseguir el jamón que había en lo alto. Los tenderetes y juegos en la Plaza Mayor y las pequeñas barracas de entonces, que se ponían en la pequeña plaza de la calle Escultor Ribera. Luego pasarían a la hoy Vía de la Plata y con el tiempo, vendrían muchas mas e irían cambiando de sitio hasta llegar a la finca donde se ponen ahora. Los fuegos artificiales fueron cambiando de ubicación y se hicieron acuáticos en el puente de Requejo, volvieron a la Plaza Mayor, después se cambiaron para lo que es hoy el parque infantil en la Plaza de los Reyes Católicos, de allí se marcharon al barrio de El Polvorín y finalmente recalaron en la zona polideportiva, donde se hacen en la actualidad, Las barracas también han cambiado varias veces de sitio hasta quedar ahora en la finca enfrente de la Plaza del Carnaval.Durante varios años hubo teatros móviles y aquí vino el de variedades de Manolita Chen que se instaló en lo que hoy es Plaza Briva Miravent y donde conocí al gran cantante de Laguna Dalga, Roberto Rey, que falleció unos pocos años después de forma trágica, cuando comenzaba a abrirse un buen hueco en la canción española, también venía uno de teatro y variedades que estos años últimos se ha instalado enfrente de lo que fue la entrada a la estación. También el Teatro Pérez Alonso trajo grandes compañías de teatro en la patrona y durante unos años, alquilado por el ayuntamiento, pudimos disfrutar de dos compañías de Zarzuela. Cuando el teatro funcionaba, durante una patrona se trajo un ballet que actuó en lo que es hoy patio del Colegio San José de Calasanz, ahora vienen y actuan en la Avenida Vía de la Plata.Todo ha ido cambiando a lo largo de los años, menos la alegría de los bañezanos, que generación tras generación hay dos cosas que no cambian, sino que mejoran, la carrera de motos y la alegría. Las misas se han hecho más solemnes y la ofrenda a la patrona, se va fortaleciendo año a año, así como la Misa de San Roque va adquiriendo una demostración de solera tradicional.El desfile de carrozas con las reinas infantil y mayor con sus respectivas damas ha ido fortaleciéndose y siendo el punto final de las fiestas. Muchos años antes, cuando no había tantos coches, ni existían los tractores, se hicieron varios desfiles de carros engalanados.Nuestra ciudad, como todas las cosas, ha ido cambiando y evolucionando y las fiestas han ido ganando en mejoras, han venido atracciones que antes no había. Unos años se han dado toros, durante tres años con grandes matadores, como Andres Vázquez, Palomo Linares y otros, un año en lo que fue Plaza del Ganado hoy Instituto Ornia, varios otros en donde ahora está la piscina municipal y finalmente se ha ido cambiando hasta quedar cerca de la nacional seis, últimamente solo se han dado becerradas y suelta de vaquillas.Cada generación trae sus modas y lo mismo ha pasado en las fiestas de nuestra ciudad. Solo ha quedado siempre la atracción hacia los forasteros y la alegría desbordante de nuestra juventud, en todas y cada una de las épocas.
jueves, 14 de julio de 2011
Encarnación Rodríguez Martínez, Una mujer, alegre, carnavalera y festiva
José Cruz Cabo
La señora Encarnación Rodríguez Martínez, más conocida por La Charra o la Flor del Te, fue una mujer valiente, que nunca le arredró nada y que yo conocí más de carca en el año 1943, dado que aunque ya llevaba siendo vecino de ella, la primera vez que cruzamos la palabra fue con motivo de un gran disgusto que llevó, cuando a su hijo Santiago le dejaron tuerto. Santiago y yo salimos de la Escuela Villa una tarde y a Santiago se le ocurrió meterse en una zapatería que era como una caseta de madera, que había detrás de la cárcel, donde hoy está el parque infantil, en la que trabajaba Manuel Valle. Santiago solía entrar mucho por ella y era muy inquieto. Aquel día me convenció a mi para entrar juntos, yo me acurruqué en un lado y, mientras, Santiago se puso a dar vueltas por allí. El zapatero le decía, “estate quieto Santiago, no me toques nada”, pero Santiago seguía a lo suyo sin hacerle caso. En esto Manolo el zapatero, tenía un cristal en la mano, y lo tiró al aire sin querer hacer daño a nadie y para meterle miedo, pero con tal mala suerte que Santiago, cambió de sitio y su ojo fue a parar al cristal partiéndole la pupila a la mitad. Yo subí corriendo con él al Barrio San Eusebio, a casa de su madre la señora Encarna, y la mujer tuvo que bajar a toda velocidad al médico, pero ya no se pudo recuperar el ojo y Santiago quedó tuerto de por vida. El zapatero llevó un disgusto enorme y no creo que se le ocurriera tirar más veces el cristal al aire.
Seguí viviendo allí hasta el año 1955 y la amistad con la señora Encarna fue aumentando con el tiempo y el conocimiento de su personalidad, y puedo asegurar que era una mujer valiente, decidida, que no le tenía miedo a nada. Cuando llegaban los carnavales ella, además de disfrazarse y correr para que los guardias no la pillaran, todos los años organizaba el entierro de la sardina, pero solo por aquella zona, ya que al oscurecer varios chavales del barrio la ayudaban a realizarlo. Se iniciaba por la calle Santa Elena, entonces no había casas por allí, se llegaba a la Pradilla, donde no vivía nadie, y por la cuesta que comienza en la calle Don Pedro el oculista, se volvía al barrio y a su casa. Para no tener sorpresas, La Charra, ponía vigilantes a lo largo del trayecto y si alguno veía venir a la pareja de la Guardia Civil, silbaba y todo lo del entierro se tiraba en las tierras hasta que pasaba el peligro. Pero la señora Encarna no solo se dedicó al carnaval, también enseñaba a bailar los bailes regionales con su pandereta, mantuvo vivo el traje regional, durante varias fiestas patronales participaba en el desfile de carros engalanados, y tenía un gusto exquisito para adornarlos. Entonces no había carrozas y los desfiles eran de carros, unos pujados con caballos y otros con bueyes, pero la Plaza Mayor se llenaba para ver el desfile de los mismos. Organizó varios festivales en el Teatro Pérez Alonso para recaudar dinero para actos benéficos, era una mujer de una actividad frenética y nunca decía no a cualquiera que le pidiera ayuda, para organizar cosas que pudieran servir para ayudar a la gente o simplemente para que nuestra ciudad tuviera más prestigio, o fuese más conocida fuera de aquí. Ella dirigía los bailes regionales y si tenía que participar bailando, también lo hacía, nunca se negaba a nada, hasta coser los trajes de carnaval si era necesario o ayudaba a otros a prepararlos. Fue una mujer bondadosa, que no ponía pegas para ayudar a los demás, en aquellos años 40, de hambre y necesidades sin cuento. ¡Aquello si que era crisis, que aun trabajando no podías comer!.
La señora Encarna fue una de las personas que a pesar de ser una mujer humilde, sin muchos conocimientos culturales, pero con una energía y un corazón como la copa de un pino, con una alegría desbordante, con una sencillez admirable y con una sensibilidad para hacer las cosas con gusto y satisfacción, que le granjearon el afecto y el cariño de todas las personas que la conocieron y la trataron. Fue una mujer de su época, pero que supo amar a nuestra ciudad con pasión y que en su tiempo fue una mujer valiosa y entregada de lleno a La Bañeza y nunca se rindió, aunque la vida muchas veces no la deparó alegrías.
La señora Encarnación Rodríguez Martínez, más conocida por La Charra o la Flor del Te, fue una mujer valiente, que nunca le arredró nada y que yo conocí más de carca en el año 1943, dado que aunque ya llevaba siendo vecino de ella, la primera vez que cruzamos la palabra fue con motivo de un gran disgusto que llevó, cuando a su hijo Santiago le dejaron tuerto. Santiago y yo salimos de la Escuela Villa una tarde y a Santiago se le ocurrió meterse en una zapatería que era como una caseta de madera, que había detrás de la cárcel, donde hoy está el parque infantil, en la que trabajaba Manuel Valle. Santiago solía entrar mucho por ella y era muy inquieto. Aquel día me convenció a mi para entrar juntos, yo me acurruqué en un lado y, mientras, Santiago se puso a dar vueltas por allí. El zapatero le decía, “estate quieto Santiago, no me toques nada”, pero Santiago seguía a lo suyo sin hacerle caso. En esto Manolo el zapatero, tenía un cristal en la mano, y lo tiró al aire sin querer hacer daño a nadie y para meterle miedo, pero con tal mala suerte que Santiago, cambió de sitio y su ojo fue a parar al cristal partiéndole la pupila a la mitad. Yo subí corriendo con él al Barrio San Eusebio, a casa de su madre la señora Encarna, y la mujer tuvo que bajar a toda velocidad al médico, pero ya no se pudo recuperar el ojo y Santiago quedó tuerto de por vida. El zapatero llevó un disgusto enorme y no creo que se le ocurriera tirar más veces el cristal al aire.
Seguí viviendo allí hasta el año 1955 y la amistad con la señora Encarna fue aumentando con el tiempo y el conocimiento de su personalidad, y puedo asegurar que era una mujer valiente, decidida, que no le tenía miedo a nada. Cuando llegaban los carnavales ella, además de disfrazarse y correr para que los guardias no la pillaran, todos los años organizaba el entierro de la sardina, pero solo por aquella zona, ya que al oscurecer varios chavales del barrio la ayudaban a realizarlo. Se iniciaba por la calle Santa Elena, entonces no había casas por allí, se llegaba a la Pradilla, donde no vivía nadie, y por la cuesta que comienza en la calle Don Pedro el oculista, se volvía al barrio y a su casa. Para no tener sorpresas, La Charra, ponía vigilantes a lo largo del trayecto y si alguno veía venir a la pareja de la Guardia Civil, silbaba y todo lo del entierro se tiraba en las tierras hasta que pasaba el peligro. Pero la señora Encarna no solo se dedicó al carnaval, también enseñaba a bailar los bailes regionales con su pandereta, mantuvo vivo el traje regional, durante varias fiestas patronales participaba en el desfile de carros engalanados, y tenía un gusto exquisito para adornarlos. Entonces no había carrozas y los desfiles eran de carros, unos pujados con caballos y otros con bueyes, pero la Plaza Mayor se llenaba para ver el desfile de los mismos. Organizó varios festivales en el Teatro Pérez Alonso para recaudar dinero para actos benéficos, era una mujer de una actividad frenética y nunca decía no a cualquiera que le pidiera ayuda, para organizar cosas que pudieran servir para ayudar a la gente o simplemente para que nuestra ciudad tuviera más prestigio, o fuese más conocida fuera de aquí. Ella dirigía los bailes regionales y si tenía que participar bailando, también lo hacía, nunca se negaba a nada, hasta coser los trajes de carnaval si era necesario o ayudaba a otros a prepararlos. Fue una mujer bondadosa, que no ponía pegas para ayudar a los demás, en aquellos años 40, de hambre y necesidades sin cuento. ¡Aquello si que era crisis, que aun trabajando no podías comer!.
La señora Encarna fue una de las personas que a pesar de ser una mujer humilde, sin muchos conocimientos culturales, pero con una energía y un corazón como la copa de un pino, con una alegría desbordante, con una sencillez admirable y con una sensibilidad para hacer las cosas con gusto y satisfacción, que le granjearon el afecto y el cariño de todas las personas que la conocieron y la trataron. Fue una mujer de su época, pero que supo amar a nuestra ciudad con pasión y que en su tiempo fue una mujer valiosa y entregada de lleno a La Bañeza y nunca se rindió, aunque la vida muchas veces no la deparó alegrías.
jueves, 30 de junio de 2011
Lucila Ordás Aller, la alegría personificada
por José Cruz Cabo
Lucila Ordás Aller, fue una mujer que ya de niña o joven, le gustaba alegrar a la gente y para ello se sacaba de la manga, infinidad de proyectos que podían haberle costado caro, dado el tiempo retrogrado y pacato que le tocó vivir. En los años de la guerra iba a la estación y cuando veía a un soldado no le importaba besarlo delante de todos y presentarlo como familiar que nunca lo era. En los años cuarenta, cuando Franco pasaba con toda su escolta, por nuestra ciudad, camino de Galicia o de Madrid, un día, lavando en el puente de la Reina, apostó con las otras mujeres que estaban en el río, que paraba a la escolta de Franco y ni corta ni perezosa, se puso una sábana que la tapaba y subió a la carretera y se hizo la loca, y llegaron los primeros motoristas y frenaron y comenzaron a decir que qué pena, una joven tan guapa y trastornada, así fue parando a la mayoría de la escolta, hasta que una de las amigas le dijo, oye Lucila, que viene tu padre en el carro, y salió disparada para bajo y todo siguió su curso y Franco pasó sin problemas, aunque la escolta estuvo parada más de diez minutos.
Otra vez, estando en el Hospital de León, llegaron los carnavales y ella pidió disfraces y recorrió casi todo el Hospital disfrazada y haciendo las delicias de los enfermos, médicos, enfermeras y familiares de los internos. Lucila nunca se cansaba de hacer reír a los que estaban cerca de ella, fuera en casa o en la calle, tenía una gracia natural para decir las cosas y que resultaran alegres, aunque lo que estuviera contando fuera penoso o triste.
No he podido olvidar el año que su hija Pepita Beyoso Ordás fue elegida reina de las Fiestas Patronales. El alcalde era Leandro Sarmiento Fidalgo y concejal Delfín Pérez Linacero, que además era el fotógrafo de Prensa, para El Adelanto y los periódicos provinciales. El único periodista que asistió a esta petición, junto con alcalde y concejal fotógrafo, como a otras muchas, fuí yo, no había más corresponsales en la ciudad entonces. Nos recibió Lucila, con su habitual gracejo, nos hizo comer de lo mucho y rico que había dispuesto para agasajar al ayuntamiento y con los mejores dulces que se hacían en la ciudad, concretamente en casa de Baudilio, ya que la reina, su hija, Pepi Belloso, era dependienta en dicha confitería. Después se dedicó a contarnos sus andanzas y aventuras desde su juventud hasta su vuelta a la ciudad, ya que vivió fuera de ella unos cuantos años, y cuando ella se cansó, siguió con sus aventuras carnavalescas Teresa la Curina y para remate, llegó a más de las tres de la madrugada, Kike Java. Nunca ví a Leandro Sarmiento reírse como aquella noche, ni a Delfín. Pero a Leandro se le caían unos lagrimones de risa impresionantes, así nos tuvieron hasta casi las cuatro de la mañana y yo tenía que entrar al trabajo a las ocho y media.
Sus números carnavaleros, junto a su amiga Paula, eran de una comicidad, además de una gran elegancia, que la gente se paraba a contemplarlos y encima se reía a mandíbula batiente, como cuando Lucila se vistió de Chacha y Paula de militar y al día siguiente fueron llamadas al cuartel de la guardia civil, que querían saber quien les había dejado el traje militar. Lucila, con esa increible gracia que Dios le dio, les contó tantas cosas graciosas, que los guardias no paraban de reírse y al final les dijeron que marcharan. Y es que Lucila Ordás Aller, fue una mujer que trabajó como una negra, que sufrió hambre y necesidad a destajo, pero que nada nadie pudo acabar con su buen humor, con su gracia natural, cómica y dicharachera. Ella, lo mismo en la conversación entre amigos, que cuando tocaba disfrazarse de carnaval, su gracia natural y única y su gran bondad, así como lo mucho que aprendió de las adversidades y alegrías de la vida, eran puestas en movimiento, para que los que estaban hablando con ella o viendo sus números carnavaleros, se lo pasaran a lo grande, se divirtieran y consiguieran olvidarse, como ella decía, de los malos ratos que te vienen sin esperarlos y que hay que pechar con ellos aunque no se quieren, por eso hay que divertirse mientras se pueda.
jueves, 2 de junio de 2011
José Tardío Barrios
por José Cruz Cabo
Aunque ya lo conocía siendo yo niño, porque era dependiente del Comercio de Mariano de la Fuente, comencé a tratarlo en el año 1954, cuando comenzó a formarse la Peña Real Madrid de La Bañeza, ya que fue el primer presidente de la misma y estuvo bastantes años dirigiéndola. Antes en el año 1948, fue el encargado de la proyección del Cine Salamanca, donde estuvo muchos años, pero entonces la diferencia de edad no había dado lugar a la amistad que tuvimos después. Cuando fue presidente de la Peña Real Madrid, yo entré como vicesecretario y en las reuniones de la misma, fue cuando inicié mi amistad con Pepe Tardío, como habitualmente era conocido en la ciudad. El se empeñó en que visitara La Bañeza un equipo del Real Madrid, y al final lo consiguió, pero no para que vinieran a jugar aquí. Aprovechando que un equipo del Real Madrid, vino a jugar un partido amistoso contra el Atlético Astorga, consiguió que al día siguiente, visitará La Bañeza. El entrenador era un antiguo jugador del Madrid, Ipiña. En el equipo venían tres jugadores titulares, entre los que sobresalía el famosísimo Luis Molomny, que estaba acabando su carrera como futbolista. Fueron recibidos por el alcalde de esa época, Pompeyo Lombó Pérez. Se les dio una comida en la sede de la Peña, con todas las autoridades vivas de la ciudad. Pepe Tardio fue durante bastantes años el presidente de la misma, hasta que con el tiempo fueron saliendo otros y la Peña ha podido seguir hasta la actualidad. También era socio de número del Real Madrid y eso hacía que le atendiera el club blanco cuando se pedían entradas para partidos. Recuerdo el recibimiento que nos hicieron la embajada del Real Madrid, cuando el famoso partido que perdió el equipo blanco por 4-3, ante el Valladolid, en el famoso gol de tacón de Diestéfano. Fuimos al Hotel Conde Ansurez a recoger las entradas para el partido, y allí nos presentaron a Diestéfano y a Joseito, y después nos hicieron pasar a un salón donde el encargado del material nos estuvo explicando los viajes por los paises del entonces telón de acero. Durante su mandato la Peña tuvo uno de los mejores equipos de pelota a mano que ha tenido La Bañeza en su historia. También fue el fundador y primer presidente de La Bañeza Fútbol Club que se fundó en 1957, ya que era una persona dinámica, inquieta y que conocía y tenía relaciones importantes no solo aquí, sino en muchas ciudades y pueblos de España, dado su carácter abierto y agradable. Fue bastantes años secretario de la Cofradía de San Blas y, como es lógico, juez uno de los años. Como proyector de las películas en el Cine Salamanca, que él inició y estuvo hasta su jubilación en la cabina, pasando y arreglando las películas que se traían entonces diariamente a nuestra ciudad, y muchos días se ponían dos películas en sesión doble, por lo que, cuando nos veíamos, me ponía enseguida al día en cuanto a los filmes que ya estaban contratados, con los días en que iban a proyectarse y la calidad que tenían, según los especialistas cinéfilos de los periódicos de Madrid.José Tardío Barrios fue un hombre dinámico, muy apegado a la ciudad que le vio nacer, en la que colaboró en muchas cosas y hasta fue el creador de otras, ya que a pesar de que en aquellos años en los comercios no existía un horario fijo y menos los sábados, se cerraba cuando los clientes dejaban, siempre tuvo tiempo para dedicarlo a cosas que mejoraran la cultura, el deporte, la convivencia y el afecto, siendo un hombre cariñoso, amigo de todos y, siempre, con la mirada puesta en la mejoría de La Bañeza en cualquiera de las cosas que él pudiera hacer y la ciudad lo necesitara.
Estos retratos de personajes que tuvo la ciudad y yo tuve contacto con ellos, no quiero que se queden en el vacío y por ello deseo que mis recuerdos los vuelvan a la actualidad y los habitantes de hoy, sepan de sus antepasados que, de una u otra manera, tuvieron influencia en la vida ciudadana de los días, meses y años del siglo veinte, porque fueron los precursores de La Bañeza actual y deseo que su recuerdo quede para siempre en la pequeña historia que me ha tocado vivir, dando noticias en más de sesenta años para la prensa y radios no solo de la ciudad, de esta Bañeza que debe seguir prosperando con el amor y el trabajo de los que hoy la habitamos.
martes, 10 de mayo de 2011
Manuel Cruz Pérez
José Cruz Cabo
Manuel Cruz Pérez, nació en Camas (Sevilla), y el año 1925 llegó a nuestra ciudad, como tonelero para la Tonelería que había iniciado en La Bañeza, el señor Emilio Perandones. Ya era viudo y un día se le ocurrió preguntar donde podía hacerse un traje y le dijeron que en la sastrería del Señor Pepe. Llegó a la casa, que hoy es el teatro, y encontró a una señorita fregando el portal y le preguntó si era esa la sastrería, Everilda Cabo Valenciano, que así se llamaba la señorita, le dijo que sí. Manolillo, como comenzaron a llamarle en la ciudad, pensó que esa señorita tenía que ser su mujer. Pasado el tiempo, la relación de Manuel y Everilda se fortaleció y un día del año de 1926, Everilda le dijo a Don Lucas Castrillo, párroco de El Salvador y compañero de estudios del sastre José Cabo Verde, que había que ir pidiendo los papeles de Manolo a Sevilla y Don Lucas le dijo, no te preocupes, ya sabemos que Manolillo es una buena persona. El domingo siguiente, cuando Everilda salió a peinar por las casas, le dijeron que le habían leído los proclamos. Se ponían a la puerta de la iglesia, y no lo creía porque no había sido pedida siquiera. Ella iba a misa a las Carmelitas. Como era verdad que los proclamos ya estaban iniciados, hubo que acelerar la boda y en noviembre de ese año, se convertían en marido y mujer. Manolillo cogió la costumbre, cuando vino a la ciudad, de cantar saetas al paso de las imágenes de Semana Santa, con esa preciosa voz y estilo típicamente andaluz. Manuel tenía 36 años y Everilda 33. Ellos siguieron con sus trabajos, y en abril de 1930 nací yo, en la hoy vía de la Plata. Hubo un paréntesis, y en el año 1931 me llevaron con ellos a Hervás, para volver en 1932, con objeto de dar a luz a mi hermano Manuel. Al poco tiempo mi padre era nombrado cabo de serenos y mi madre, una vez restablecida del parto de mi hermano, puso en la casa de la calle Padre Miguélez, donde vivíamos, una especie de colegio para niños de 2 a seis años, ya que hasta los seis no se podía entrar en la escuela. Los domingos por la mañana peinaba por las casas. La primera vez que le oí cantar las saetas a mi padre, fue en el balcón de la casa de Padre Miguélez, donde hoy está la Librería Arlequín, que nos sacó mi madre envueltos en mantas al balcón, yo tenía cuatro años y cuando terminó de cantar a la Virgen de la Soledad, de Jesús Nazareno, hoy la imagen de Fina Luna, mi hermano Manolo no se pudo contener y dijo “Viva mi papá”. Luego ya salíamos hasta la Plaza Mayor, o la calle del Reloj, o a la plaza Obispo Alcolea, para oir cantar a mi padre las saetas. Concretamente las monjas Carmelitas le pidieron que cantara en la Plaza Obispo Alcolea, para poder oirlo, y cantó en la casa que hace esquina con la calle de Conrado Blanco, donde tenía la zapatería Agapito Toral, el que fue marido de la carnavalera Celia Amigo. También en verano salíamos a la Plaza Mayor para oir cantar a los serenos, que lo hacían en el centro de la Plaza y se llenaba de gente para oirles cantar el inicio de la guardia. En 1938, en febrero, moría mi madre Everilda de una pulmonía y estuvimos casi dos años fuera de La Bañeza. Mi padre en agosto del 38 marchó de tonelero a Puerto de Bejar y nosotros terminamos en Sevilla con mi tía Eugenia y su hija Isabel, que habían venido desde Sevilla para cuidar a su hermano y sus dos sobrinos. En septiembre de 1940, mi padre volvió para La Bañeza, de tonelero para Pausílipo, que acababa de poner una tonelería en la hoy Avenida de la Plata. En noviembre se casó por tercera vez, con Pilar Cortés Prieto y poco antes de las Navidades de ese año, nos trajo a mi hermano y a mí desde Sevilla para La Bañeza. Manolillo siguió cantando las saetas hasta el año 1945, en que vinieron unos familiares del Señor Santiago Vidales, también andaluces, y también sabían cantar saetas, aunque en otro estilo, pero a mi padre le picaron con que los había contratado la cofradía de Jesús y se hinchó a cantar saetas hasta el punto de que más de una vez le dejaron con la saeta en la boca, mientras el paso se alejaba. Al año siguiente, Don Angel le dijo que las saetas se habían acabado, mi padre ya no tenía dentadura y la voz no le salía como antes y sus saetas dejaron de oirse en la ciudad. Nuestro gran poeta, Don Nicolás Benavides Moro, General Benavides, le hizo una poesía para su libro de poemas “Momentos”. En septiembre del año de 1967, Manolillo reposó para siempre en su tierra bañezana de acogida, después de cuarenta y seis años viviendo y trabajando en ella.
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