Desde el 1 de enero de 1917, aunque
su Reglamento tiene fecha del 20 de agosto de 1916, funcionó en La Bañeza la
Sociedad Obrera de Socorros Mutuos San José, de cuya junta directiva formaba
parte entonces Valentín González, la misma a la que el Ayuntamiento cedería el
3 de julio de 1916, “en interés de la clase obrera, un solar sobrante de vía
pública en el corral de la villa para que construya una casa domicilio en las
siguientes condiciones: la Corporación cede además piedra de las canteras y
madera de los planteles; el local que en él se edifique será para todos los
obreros bañezanos, y pasará a poder del municipio si se disolviese aquella
sociedad”. El solar cedido a la Sociedad Obrera fue vendido en su mitad a la
bañezana Sociedad de Socorros Mutuos La Caridad, y sobre él, de común acuerdo,
construyeron ambas entidades el inmueble en el que las dos compartieron sede,
que acogería a la Federación Local de Sociedades Obreras en que se transforma
con el tiempo la primera y también a la Agrupación Socialista y a las
Juventudes Socialistas una vez que una y otra se forman en La Bañeza en marzo
de 1930 y a finales de diciembre de 1931. En aquel edificio se alojaba ya en
1920 la bañezana Sociedad de Oficios Varios, a la que en el XIV Congreso de la
UGT de aquel año representaba Modesto Ruiz García.
El 31 de octubre de 1932 remiten al Ayuntamiento desde el
Partido Socialista local y la citada Federación una solicitud para que les
permitan edificar la Casa del Pueblo en el solar que había ocupado el derruido
Teatro Viejo, por el primero el tipógrafo Abraham Bécares Rodríguez (presidente),
Patricio Carrera y Santiago Fernández (éste era en marzo de 1931 responsable de
La Caridad), y por la segunda el también impresor Eugenio Sierra Fernández
(presidente), José García (González) y el albañil Alejandro Plaza Fernández.
Por las actas de las sesiones municipales de las correspondientes fechas
conocemos que además de que el local pertenecía a ambas sociedades (aunque el Consistorio
desconocía la venta de la mitad del solar cedido antaño), La Caridad quiere
ahora vender su parte, y exige que las otras le paguen la mitad de su valor, lo
que no pueden hacer la Sociedad Obrera y la Agrupación Socialista, que alegan
que no disponen de dinero, y que para el nuevo edificio en el que pretenden
alojar la Casa del Pueblo no precisan efectivo, pues lo harán con su trabajo,
además de insistir en lo necesario que les resulta disponer de un más amplio
local que dé cobijo a los cada vez más numerosos obreros bañezanos, “lo que
será beneficioso para todos, obreros y ricos, ya que si éstos lo son hoy pueden
dejar de serlo mañana; un local para la educación e instrucción del pueblo, sin
diferencias ideológicas, para engrandecer la paz evitando la intransigencia
entre patronos y obreros y buscando el cariño entre ambas clases”, argumentará
el concejal Narciso Asensio Asensio.
Se ceñía la premisa del edil socialista al que era uno de
los fines de las Casas del Pueblo, en las que se pretendía la formación
integral de los trabajadores en diversos aspectos: instrucción, cultura,
formación sindical y política en relación con su papel y las ideas de la
emancipación de la clase obrera, educación y formación contemplada como
alternativa ante las carencias educativas públicas de entonces y a los valores
educativos dominantes, objetivos por los que en la de La Bañeza colaborará al
poco Joaquín González Duviz (seria su presidente en 1934, según consta en el
sumario que en 1936 lo condenaría a ser fusilado en febrero de 1937), dando
clases e instruyendo a un grupo de trabajadores bañezanos (que se referían a él
como “el maestro”), a los que atendía después de finalizar el uno y los otros
sus trabajos entre recomendaciones de que asistieran a aquellas enseñanzas limpios
y aseados, aunque hubiera de ser en alpargatas (así, “los de las alpargatas”
llamaban a los obreros los señoritos de La Bañeza, por no tener la mayoría para
comprar zapatos, e incluso algunos habían de mercarlas con dificultades y al
fiado). Colaboraba también al cumplimiento de
aquellos objetivos instructivos y a la ilustración de los obreros la existencia de una biblioteca (tan importante en
una ciudad en la que, a pesar de los variados intentos anteriores, no existirá
una biblioteca pública hasta que se cree la municipal en 1942), cuyos libros,
por cierto, desaparecerían tras el triunfo de los alzados el 18 de julio de
1936, sin que se conozca donde terminaron (hay quien dice que en el Casino).
El solar que han pedido se destinaba para casa-cuartel (ya
había planos) o viviendas de maestros, y además el mismo lugar del antiguo
Coliseo lo solicita el constructor de carros Pedro Rivas Rivas para levantar en
él una auto-estación (“en condiciones de explotación similares a la de León y
por un periodo de 20 años, quedando después de propiedad del Ayuntamiento”). No
accederá la Corporación ni a una ni a otra petición, pues “no hace mucho se
acordó no conceder el terreno que pedía la Sociedad de Labradores por carecer
de él”, alegan algunos ediles, y a igual acuerdo se llega ahora por mayoría,
después de que voten a favor tan solo los regidores socialistas.
De la Federación Local que había firmado aquella petición formarían parte la sección
bañezana de la Federación Gráfica Española, de la UGT, cuyo responsable en
octubre de 1926 era Miguel García, y la sección de la Federación Nacional de
las Artes Blancas Alimenticias, en la que se encuadrarían trabajadores de las
fábricas de harina, activa con tan evocadora denominación en la ciudad al menos
en febrero de 1933. Uno y otro sindicato, de las ramas de alimentación y de
artes gráficas, tenían también presencia en las mismas fechas en Astorga. En La
Bañeza unas y otras sociedades obreras, y la Agrupación y las Juventudes
Socialistas, eran acogidas en la común Casa del Pueblo, de la que serían
presidentes, entre otros, Elías Falagán Martínez, el último en la República,
desde el inicio de mayo de 1936 (también postrer presidente de la Agrupación
Socialista, elegido a finales del mismo mes y año), y antes Manuel Raigada
Ferrero y Modesto Martínez Castillo, siéndolo Toribio Santos Santos en las
fechas de octubre de 1934.

Inauguración de la Casa del Pueblo de La Bañeza.
Primavera de 1933.
Poco después de aquella denegación
municipal (seguramente ya en la primavera de 1933), con la aportación en hacendera del trabajo de sus asociados y
la colaboración de quien era Registrador de la Propiedad en La Bañeza, Juan
María Begué Arjona, que se constituyó en avalista para la compra de la
ampliación del solar (“de una parte de
la Casa del Pueblo”, dirá en su declaración del 3 de septiembre de 1936, cuando
sea procesado, añadiendo que “al ser destinado a partir de 1934 a Pola de Laviana
-lo fue al inicio de enero de 1935- abonó su parte en el Monte de Piedad”) se
levantará la ya autónoma Casa del Pueblo en el mismo terreno que antes ocupara
el local conocido como la Casa Obrera y situado por debajo de la Iglesia del
Salvador, al lado del reguero que llegaba bordeando la plazoleta para seguir
discurriendo por sucesivas calles bañezanas hasta desembocar en la del Arrote
después de transcurrir (y anegar) por las del Marqués de Cubas, Obispo Alcolea
y del Carmen. El soleado día de su inauguración posaban para la posteridad un
nutrido grupo de socialistas bañezanos endomingados con sus mejores galas y
puño en alto, camisa y corbata roja algunos, y todos henchidos del entusiasmo y
del ardor que tal vez les contagiara la que parece antorcha que flamea en la
roja pancarta o estandarte bajo el que ufanos y gozosos se sitúan, desconociendo
las dolorosas consecuencias que para muchos de ellos tendría en unos años la fe
que a aquella bandera profesaran.
Contra lo que le achacarán los
represores cuando instruyan el Sumario 151/36 “por los hechos de julio en La
Bañeza”, dirá el Registrador no haber dado su garantía para la adquisición del
cinematógrafo con el que pronto se dotó la Casa del Pueblo bañezana, el mismo
que alumbraba las sesiones de cine que allí se realizaban (al menos desde
febrero de 1934, cuando se suspenden para los menores de diez años por la epidemia
de sarampión que se desata), dos por semana, los sábados y domingos, a las que
a veces también acudían socialistas de los pueblos cercanos, como Castrocalbón
o Jiménez de Jamuz, de las Juventudes y las Agrupaciones, “de mayores” y
también de las infantiles (los llamados pioneros socialistas), donde las había,
como sucedía en el segundo, del que asistían chiquillos y chiquillas a
deleitarse con las asombrosas y arriesgadas aventuras de “Pamplinas” (Buster
Keaton) y otros héroes del celuloide, acompañados y al cuidado de los muchachos
de las Juventudes Socialistas del lugar, aunque se pasaban películas de todo
tipo, como las de Angelillo, famoso flamenco que triunfaba aquellos años, en
veladas que en verano eran a veces al aire libre en la Plaza de Romero Robledo,
en una pantalla extendida que añadía la magia y el asombro de permitir ver
por los dos lados las imágenes.
Conjeturamos que la venta de la mitad del solar hecha por la recién creada
Sociedad Obrera a la Sociedad La Caridad en 1916 fuera tal vez el modo en que
aquella financió su parte en la construcción del edificio compartido con la
veterana entidad, con mejores disponibilidades económicas (en realidad titular
desde años antes de un extenso capital). La necesidad de los ajustes
financieros que en 1932 urgía la segunda sociedad obedecía sin duda a su
voluntad de disponer también de un local independiente y propio, cuya
construcción ya había comenzado en 1931 y que se inaugurará, en la avenida de
Pablo Iglesias, en agosto de 1934. La Casa del Pueblo de La Bañeza, que ocupa
dos números de la antigua plazoleta Primero de Mayo (luego de Calvo Sotelo, y
hoy de las Tierras Bañezanas) en la que se sitúa, aparece en cualquier caso en
la Historia del socialismo español
como propiedad de las organizaciones obreras socialistas (PSOE y UGT),
incautada y adjudicada a la franquista Delegación Nacional de Sindicatos en
abril de 1941.

Una imagen actual de la Casa del Pueblo bañezana.