viernes, 3 de febrero de 2012
La Sociedad Deportiva Bañezana El primer equipo que vi jugar en La Llanera
jueves, 26 de enero de 2012
Un famoso merendero de los años 30 y más
José Cruz Cabo
En el mismo sitio donde hoy están las piscinas de verano, que contrató e inauguró, el entonces alcalde, Leandro Sarmiento Fidalgo, un 18 de julio de 1972, a las cinco de la tarde, hubo un famoso merendero, denominado “La Corneta”, que regentó la señora Joaquina y después su hijo Fausto del Río. Aunque siguió bastantes años después de los treinta, ya que en los veranos eran un merendero, donde la gente se lo pasaba muy bien, pues además de beber y de comer con satisfacción, era un lugar idóneo para combatir la canícula veraniega y, a la sombra de sus árboles, y pegando al río Tuerto, era el sitio más fresco de la ciudad, por lo que las tardes de los veranos, era visitadísimo por los bañezanos de aquella época, todos los días, pero de manera especial los domingos y fiestas.
Mis recuerdos de dicho merendero, están circunscritos, de una forma especial, a mi niñez, aunque también lo visite de joven, en los años cuarenta y cincuenta.
Pero de niño, sobre todo del año 33 al 38, los domingos y días de fiesta, estábamos esperando que llegaran las ocho y media, para iniciar el camino hasta cerca del merendero de “La Corneta”, donde mi padre desde las tres de la tarde, estaba cantando la lotería, a los muchos clientes que a este merendero iban a refrescar. Mi padre Manolillo, como le llamaron siempre en la ciudad, por ser natural de Camas (Sevilla), que en aquellos años, además, era el cabo de los serenos, tenía una gracia especial para cantar los números que salían, ya que a todos les ponía una cantinela, antes de decir el número: Por ejemplo el 77, eran las banderas de Italia, el 22, los dos patitos, el 44 dos monjas de rodillas, el 13, carasucia y así hasta llegar al 90, que era el último de la fila y pelao. Naturalmente en ese tiempo los niños no entrabamos en los merenderos, pero nuestra alegría era ir a buscarlo, para que nos enseñara los bolsillos, que traía llenos de calderilla de las propinas que le daban los ganadores del cartón, que entonces no había líneas, como ahora en el bingo.
Cuando lo veíamos venir, siempre acompañados de nuestra madre, la que tuvo la primera guardería en la ciudad, Everilda Cabo Valenciano, mi hermano Manolo y yo, nos abrazábamos a él y veníamos los cuatro la mar de contentos al ver que traía mucha calderilla en los bolsillos que entonces valía dinero. Al llegar a la Plaza Mayor nos compraba barquillos, pero teníamos que comerlos después de la cena, que se servía nada más llegar a casa, ya que mi padre, Manuel Cruz Pérez, cantaor de saetas y de lotería en nuestra ciudad, tenía que estar a las diez en la Plaza Mayor con todos los serenos, para iniciar el turno hasta las seis de la mañana, después de haber cantado “Alabado sea el Santísimo Sacramento”, contestaba el siguiente “por siempre sea bendito y alabado,” las diez y lo que fuera, sereno, lluvioso ventoso o nublado, decía el tercero y el cuarto Viva España y se disolvían los serenos y cada uno iba a recorrer las calles que les correspondían durante toda la noche.
Pero a mí lo que más me privaba era ir a buscar a mi padre y luego oirle iniciar el saludo de “Alabado sea el Santísimo Sacramento”, porque después nos recogíamos en casa a dormir hasta la mañana siguiente. Eran tiempos tranquilos y los niños gozábamos en la ciudad de todos los privilegios, siempre que fuéramos buenos y respetáramos a los mayores, comenzando por nuestros padres. En la Escuela de Villa los maestros nos hacían dar urbanidad una vez a la semana, para que supiéramos como teníamos que comportarnos en casa, en la calle y en sociedad y si por equivocación o por gusto, hacíamos algo indebido, nuestros padres se enteraban casi al momento y la zapatilla de mi madre comenzaba a ponernos el culo colorado.
Al morir mi madre Everilda, el año 38, mi padre se contrató en una tonelería de Puerto de Béjar y nos marchamos de La Bañeza hasta el final del año cuarenta que volvimos, pero ya mi padre se dedicó a su oficio que era la tonelería y se volvió a casar y aunque todavía cantó las saetas hasta el año 1945, después, al poco tiempo, se jubiló y hasta el año1967 siguió viviendo aquí y aquí está enterrado para siempre.
En el mismo sitio donde hoy están las piscinas de verano, que contrató e inauguró, el entonces alcalde, Leandro Sarmiento Fidalgo, un 18 de julio de 1972, a las cinco de la tarde, hubo un famoso merendero, denominado “La Corneta”, que regentó la señora Joaquina y después su hijo Fausto del Río. Aunque siguió bastantes años después de los treinta, ya que en los veranos eran un merendero, donde la gente se lo pasaba muy bien, pues además de beber y de comer con satisfacción, era un lugar idóneo para combatir la canícula veraniega y, a la sombra de sus árboles, y pegando al río Tuerto, era el sitio más fresco de la ciudad, por lo que las tardes de los veranos, era visitadísimo por los bañezanos de aquella época, todos los días, pero de manera especial los domingos y fiestas.
Mis recuerdos de dicho merendero, están circunscritos, de una forma especial, a mi niñez, aunque también lo visite de joven, en los años cuarenta y cincuenta.
Pero de niño, sobre todo del año 33 al 38, los domingos y días de fiesta, estábamos esperando que llegaran las ocho y media, para iniciar el camino hasta cerca del merendero de “La Corneta”, donde mi padre desde las tres de la tarde, estaba cantando la lotería, a los muchos clientes que a este merendero iban a refrescar. Mi padre Manolillo, como le llamaron siempre en la ciudad, por ser natural de Camas (Sevilla), que en aquellos años, además, era el cabo de los serenos, tenía una gracia especial para cantar los números que salían, ya que a todos les ponía una cantinela, antes de decir el número: Por ejemplo el 77, eran las banderas de Italia, el 22, los dos patitos, el 44 dos monjas de rodillas, el 13, carasucia y así hasta llegar al 90, que era el último de la fila y pelao. Naturalmente en ese tiempo los niños no entrabamos en los merenderos, pero nuestra alegría era ir a buscarlo, para que nos enseñara los bolsillos, que traía llenos de calderilla de las propinas que le daban los ganadores del cartón, que entonces no había líneas, como ahora en el bingo.
Cuando lo veíamos venir, siempre acompañados de nuestra madre, la que tuvo la primera guardería en la ciudad, Everilda Cabo Valenciano, mi hermano Manolo y yo, nos abrazábamos a él y veníamos los cuatro la mar de contentos al ver que traía mucha calderilla en los bolsillos que entonces valía dinero. Al llegar a la Plaza Mayor nos compraba barquillos, pero teníamos que comerlos después de la cena, que se servía nada más llegar a casa, ya que mi padre, Manuel Cruz Pérez, cantaor de saetas y de lotería en nuestra ciudad, tenía que estar a las diez en la Plaza Mayor con todos los serenos, para iniciar el turno hasta las seis de la mañana, después de haber cantado “Alabado sea el Santísimo Sacramento”, contestaba el siguiente “por siempre sea bendito y alabado,” las diez y lo que fuera, sereno, lluvioso ventoso o nublado, decía el tercero y el cuarto Viva España y se disolvían los serenos y cada uno iba a recorrer las calles que les correspondían durante toda la noche.
Pero a mí lo que más me privaba era ir a buscar a mi padre y luego oirle iniciar el saludo de “Alabado sea el Santísimo Sacramento”, porque después nos recogíamos en casa a dormir hasta la mañana siguiente. Eran tiempos tranquilos y los niños gozábamos en la ciudad de todos los privilegios, siempre que fuéramos buenos y respetáramos a los mayores, comenzando por nuestros padres. En la Escuela de Villa los maestros nos hacían dar urbanidad una vez a la semana, para que supiéramos como teníamos que comportarnos en casa, en la calle y en sociedad y si por equivocación o por gusto, hacíamos algo indebido, nuestros padres se enteraban casi al momento y la zapatilla de mi madre comenzaba a ponernos el culo colorado.
Al morir mi madre Everilda, el año 38, mi padre se contrató en una tonelería de Puerto de Béjar y nos marchamos de La Bañeza hasta el final del año cuarenta que volvimos, pero ya mi padre se dedicó a su oficio que era la tonelería y se volvió a casar y aunque todavía cantó las saetas hasta el año 1945, después, al poco tiempo, se jubiló y hasta el año1967 siguió viviendo aquí y aquí está enterrado para siempre.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Sentimiento por la muerte de Maite Almanza
JOSÉ CRUZ CABO / La verdad es que yo no tenía noticia de que Maite Almanza, mi querida Maite, estuviera tan enferma como para morirse, hace un mes pregunté por ella y me dijeron que había tenido un niño y estaba de baja por maternidad, por lo que yo estaba convencido que pronto la vería, ya que cuando Alberto descansaba o estaba de vacaciones, era Maite la que venía a las ruedas de prensa o a los plenos y por ello, cogimos una muy buena amistad y en mi caso le cogí un gran cariño, por su amabilidad, su sonrisa, su dedicación al trabajo y sobre todo esa sencillez con que me trataba, que para mí era muy grato estar con ella. Más de una vez la encontré en el mercadillo de los sábados y era una gran satisfacción hablar con Maite. Desde que la conocí, me gustó su forma de ser y si era necesario nos ayudábamos en las noticias, ya que si ella dudaba de alguna cosa, me preguntaba, al finalizar lo que nos habían contado en el ayuntamiento y siempre era un placer hablar con ella. También le comentaba, algunas veces, mi experiencia como corresponsal del Diario de León y ella lo disfrutaba mucho. Fueron unos años de mutua simpatía y cariño, primero cuando era yo subdirector de El Adelanto Bañezano, y después, como corresponsal en activo de Radio Astorga Cadena Cope, donde ella comenzó a trabajar. Por eso el domingo pasado, cuando cogí el Diario de León, me quedé de piedra, al enterarme de su muerte, acaecida en el día de Nochebuena. No me explico por qué la gente tiene que morir casi en plena juventud y cuando ha sido madre por vez primera, pero esta vida es así de cruel y hay que aceptar los designios del Señor. La verdad es que me ha llenado de luto el corazón y su muerte me ha afectado muchísimo, por eso en este momento de dolor, solo me queda expresar mi sentido pésame a su familia, esperando que esté en el cielo de los periodistas y algún día podamos en el más allá, volver a seguir nuestra amistad.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Centro Nuestra Señora del Valle: un orgullo para La Bañeza
No cabe duda que el Colegio de disminuidos psíquicos, Nuestra Señora del Valle, ha sido uno de los grandes logros conseguidos, por el primer ayuntamiento democrático de nuestra ciudad, que encabezó como alcalde con mayoría absoluta, el Industrial Guillermo García Arconada, que, además, fue elegido diputado Provincial. En uno de los primeros plenos de la Diputación del que era presidente, el médico leonés Rodrigo de Santiago, se trató de la creación en la provincia, de un centro que acogiera a los enfermos psíquicos de la misma en régimen de internado. Cuando salieron de la sesión, Guillermo comenzó a convencer al presidente que dicho centro se construyera en nuestra ciudad, y Rodrigo de Santiago le dijo, al entonces nuestro alcalde, que si le donaba los terrenos se haría en La Bañeza. Justo en ese momento entraba en la Diputación el industrial de la ciudad, y dueño de los terrenos, donde hoy está este maravilloso centro, José Ribas Villadangos y, Guillermo le paró, le presentó al presidente de la Diputación, y le explicó que necesitaba unos terrenos con objeto de hacer un centro, que acogiera a los disminuidos psíquicos, ya que si se regalaba el terreno a la diputación se haría aquí este colegio.
Pepe Ribas, como era conocido en nuestra ciudad, le dijo que se podía hablar sobre el tema, y quedaron en reunirse para su estudio. Efectivamente en la siguiente reunión se llegó al acuerdo de la cesión gratuita, de 50.000 metros cuadrados del terreno que poseía enfrente del entonces Mesón La Fragua, y a cambio le tendría que construir el ayuntamiento dos viales o calles, con todos los servicios de agua, luz y alcantarillado, uno que entraba enfrente de donde está hoy el Restaurante Hostal La Hacienda y el otro donde está actualmente la entrada a dicho colegio. Guillermo García le ofreció a Rodríguez de Santiago, ponerle al colegio, el nombre de la mujer del presidente, que se llamaba Paloma del Valle, y éste le dijo que se dejara el título de Nuestra Señora del Valle.
La diputación, una vez firmado el acuerdo, comenzó el proyecto para construir el Colegio y al año siguiente se iniciaban las obras, pero en l981, una cacicada a nivel provincial, de los mandos del partido gobernante UCD, obligaron a Guillermo García Arconada a dimitir como alcalde y nombrar a Antonio Fernández Calvo. El colegio se siguió construyendo y cada poco llegaba una nota de la diputación, ya con otros presidentes, para que nuestro municipio hiciera los viales a los que se había comprometido, pero como no había dinero, se fueron dejando sin hacer. Gracias a que la Diputación, tenía ya construido el edificio y no se podía poner en marcha por la falta de, al menos un vial que sirviera de entrada al mismo, se decidió la Diputación a construirlo a su costa, pero el compromiso era de que se hicieran dos viales y no uno y el colegio ya construido, tuvo que buscar la forma de convencer al donante de que se conformara con uno y encima sin servicios sanitarios, ya que solo se llevó la luz, por lo que hubo que hacer pozos sépticos y pozos de agua limpia. Al final del año de 1986 se consiguió inaugurar dicho Colegio con capacidad para 90 personas de ambos sexos disminuidos psíquicos. Fue un colegio que dio un gran impulso a nuestra ciudad, dado que entraron fijos a trabajar en el mismo unas setenta personas que ahora son muchas más debido a la mejora del centro y a su ampliación, que ahora acoge a más de 130 asistidos.
Todo ello se pudo realizar, porque en sus primeros años, se hicieron cargo del mismo como directores, los hermanos holandeses, con el hermano Teodoro van der Boer, a la cabeza, que supo imprimir en los trabajadores que pusieron en funcionamiento este centro, la ejemplaridad, la dedicación y el afecto a estos seres, que tanto necesitaban de cuidados, cariño y responsabilidad, hasta llegar a ser uno de los mejores de Castilla y León, dado que a los hermanos holandeses les sustituyeron dos directores laicos, que supieron seguir el ejemplo dado por ellos, como Alejandro, primero y ahora Isabel Sánchez, lo siguieron haciendo, aumentando las instalaciones y siguiendo con la misma dedicación que les enseñaron los dos hermanos holandeses llamados Teo.
Pepe Ribas, como era conocido en nuestra ciudad, le dijo que se podía hablar sobre el tema, y quedaron en reunirse para su estudio. Efectivamente en la siguiente reunión se llegó al acuerdo de la cesión gratuita, de 50.000 metros cuadrados del terreno que poseía enfrente del entonces Mesón La Fragua, y a cambio le tendría que construir el ayuntamiento dos viales o calles, con todos los servicios de agua, luz y alcantarillado, uno que entraba enfrente de donde está hoy el Restaurante Hostal La Hacienda y el otro donde está actualmente la entrada a dicho colegio. Guillermo García le ofreció a Rodríguez de Santiago, ponerle al colegio, el nombre de la mujer del presidente, que se llamaba Paloma del Valle, y éste le dijo que se dejara el título de Nuestra Señora del Valle.
La diputación, una vez firmado el acuerdo, comenzó el proyecto para construir el Colegio y al año siguiente se iniciaban las obras, pero en l981, una cacicada a nivel provincial, de los mandos del partido gobernante UCD, obligaron a Guillermo García Arconada a dimitir como alcalde y nombrar a Antonio Fernández Calvo. El colegio se siguió construyendo y cada poco llegaba una nota de la diputación, ya con otros presidentes, para que nuestro municipio hiciera los viales a los que se había comprometido, pero como no había dinero, se fueron dejando sin hacer. Gracias a que la Diputación, tenía ya construido el edificio y no se podía poner en marcha por la falta de, al menos un vial que sirviera de entrada al mismo, se decidió la Diputación a construirlo a su costa, pero el compromiso era de que se hicieran dos viales y no uno y el colegio ya construido, tuvo que buscar la forma de convencer al donante de que se conformara con uno y encima sin servicios sanitarios, ya que solo se llevó la luz, por lo que hubo que hacer pozos sépticos y pozos de agua limpia. Al final del año de 1986 se consiguió inaugurar dicho Colegio con capacidad para 90 personas de ambos sexos disminuidos psíquicos. Fue un colegio que dio un gran impulso a nuestra ciudad, dado que entraron fijos a trabajar en el mismo unas setenta personas que ahora son muchas más debido a la mejora del centro y a su ampliación, que ahora acoge a más de 130 asistidos.
Todo ello se pudo realizar, porque en sus primeros años, se hicieron cargo del mismo como directores, los hermanos holandeses, con el hermano Teodoro van der Boer, a la cabeza, que supo imprimir en los trabajadores que pusieron en funcionamiento este centro, la ejemplaridad, la dedicación y el afecto a estos seres, que tanto necesitaban de cuidados, cariño y responsabilidad, hasta llegar a ser uno de los mejores de Castilla y León, dado que a los hermanos holandeses les sustituyeron dos directores laicos, que supieron seguir el ejemplo dado por ellos, como Alejandro, primero y ahora Isabel Sánchez, lo siguieron haciendo, aumentando las instalaciones y siguiendo con la misma dedicación que les enseñaron los dos hermanos holandeses llamados Teo.
viernes, 21 de octubre de 2011
DESPEDIDA AL PATRIARCA DE LOS GITANOS
JOSÉ CRUZ CABO.- Durante bastantes años, llamó la atención que la guardia Civil y los gitanos anduvieran juntos en nuestra ciudad y esto era debido a que durante bastantes años se hicieron íntimos amigos el teniente de la Guardia Civil, Don Honorato y el tratante en ganado, de la etnia gitana, el Señor Manolo el gitano. Todos los días Honorato, Tomás el Molancho y Manolo el gitano, iban juntos a tomar los vinos, lo mismo a mediodía que por la noche. Eran años de escasez, aunque ya comenzaban los obreros a levantar cabeza y, en aquellas décadas, a la sociedad bañezana le llamaba la atención que un gitano y un guardia civil alternarán juntos en la vida social y fueran grandes amigos. Pero con el tiempo yo llegué a saber por qué. Al jubilarme coincidí bastantes veces en el bar del Círculo Mercantil, con el Señor Manolo, ya patriarca de los gitanos, y pude apreciar las enormes cualidades que adornaban a este gran personaje gitano de nuestra ciudad.
Era un hombre de gran simpatía, su conversación siempre estaba salpicada de bromas y además dichas con gran afecto. Su palabra era ley, ya que no necesitaba nunca un papel para cumplir la palabra dada, su apretón de manos, al finalizar un trato, era como un escrito firmado por un juez, nunca dejó de cumplir la palabra dada, ganara o perdiera, su honestidad y su honradez eran impecables y todos los que hacían algún trato con él, sabían que sería cumplido al pie de la letra. Estas virtudes, unidas a su generosidad, a su bondad y a su innata gracia para estar en sociedad, le hacían una persona entrañable, con la que se se alternaba con gusto, ya que nunca le noté en los años que nos encontramos en algún bar, ni tacañería, ni adular a nadie y siempre dispuesto a hacetrte un favor. Estuvimos un tiempo sin vernos y volvimos a coincidir en el centro de salud, ya enfermo pero siempre agradable, siempre atento y siempre amigo. “Hombre, señor Manolo, hacía tiempo que no le veía, ¿que tal marcha?”. “Bueno, vamos tirando, vengo a que me remienden un poco, los años no pasan en balde”. Luego en el buen tiempo, los sábados, cuando venía a Gráficas Nino, a jugar con el ordenador y hacer las crónicas para la Cope de Astorga, de la que sigo dando las crónicas diarias de lunes a viernes, cerca de las dos de la tarde. Me lo encontraba sentado en una silla cerca de la entrada a la librería y nos saludábamos. “Que tal vamos señor Manolo”, “aquí tomando un poco el aire y refrescando del calor”, “le encuentro muy bien”, “sí, de aspecto, pero si no fueran los años y los males que hay dentro”.Hacía unos sábados que no lo encontraba en su silla a la puerta de la imprenta, pero lo achacaba a que las mañanas eran frías, pero hace dos sábados, no estaban tampoco sus hijos con los puestos y después vi la esquela. La verdad es que siempre estuvo rodeado del cariño de sus hijos, a los que guió con mano experta, para que fueran unas buenas personas y se integraran en la sociedad con trabajo y honradez, de lo que él sabía un rato. Durante su vida siempre estuvo arropado por su esposa, sus hijos y sus nietos, que le querían y le honraban, pues nunca salió de su propia casa y siempre atendido por ellos, que le acompañaban a donde tuvieran que llevarlo y a la hora de su muerte, allí estaban todos, junto a su cama y en sus honras fúnebres. Señor Manolo, le voy a extrañar y le echaré de menos, pero ahora solo pido a Dios que esté gozando en el cielo de los gitanos, como supo gozar, trabajar, sufrir y ayudar en sus años en la tierra. Patriarca de los gitanos, Manuel Jiménez Jiménez, hasta siempre.
miércoles, 27 de julio de 2011
Las fiestas de antaño y hogaño
José Cruz Cabo
Mi memoria me lleva a mediados de los años treinta, cuando las fiestas eran poco más que bailes en la Plaza Mayor, fuegos artificiales en la Plaza Fray Diego Alonso y algunos juegos infantiles. Mi primer recuerdo de los fuegos artificiales, fue en la Plaza Fray Diego Alonso, esquina con la hoy Avenida Vía de la Plata y, mi emoción de niño, cuando dos de los fuegos artificiales en el momento más espectacular estaban, dejaban caer un lienzo con la imagen de la Virgen de la Asunción y otro con la figura de San Roque. Luego durante los años cuarenta, los conciertos en la Plaza Mayor, las dianas por las calles, parando ante las casas de los alcaldes de cada año y de otras personalidades, del cuarenta y seis al cincuenta y uno, yo era uno de los componentes de la misma, los bailes y los fuegos artificiales que volvieron a la Plaza Mayor, las cucañas que reunían a gran cantidad de gente para ver trepar a los adolescentes y jóvenes por el palo, para conseguir el jamón que había en lo alto. Los tenderetes y juegos en la Plaza Mayor y las pequeñas barracas de entonces, que se ponían en la pequeña plaza de la calle Escultor Ribera. Luego pasarían a la hoy Vía de la Plata y con el tiempo, vendrían muchas mas e irían cambiando de sitio hasta llegar a la finca donde se ponen ahora. Los fuegos artificiales fueron cambiando de ubicación y se hicieron acuáticos en el puente de Requejo, volvieron a la Plaza Mayor, después se cambiaron para lo que es hoy el parque infantil en la Plaza de los Reyes Católicos, de allí se marcharon al barrio de El Polvorín y finalmente recalaron en la zona polideportiva, donde se hacen en la actualidad, Las barracas también han cambiado varias veces de sitio hasta quedar ahora en la finca enfrente de la Plaza del Carnaval.Durante varios años hubo teatros móviles y aquí vino el de variedades de Manolita Chen que se instaló en lo que hoy es Plaza Briva Miravent y donde conocí al gran cantante de Laguna Dalga, Roberto Rey, que falleció unos pocos años después de forma trágica, cuando comenzaba a abrirse un buen hueco en la canción española, también venía uno de teatro y variedades que estos años últimos se ha instalado enfrente de lo que fue la entrada a la estación. También el Teatro Pérez Alonso trajo grandes compañías de teatro en la patrona y durante unos años, alquilado por el ayuntamiento, pudimos disfrutar de dos compañías de Zarzuela. Cuando el teatro funcionaba, durante una patrona se trajo un ballet que actuó en lo que es hoy patio del Colegio San José de Calasanz, ahora vienen y actuan en la Avenida Vía de la Plata.Todo ha ido cambiando a lo largo de los años, menos la alegría de los bañezanos, que generación tras generación hay dos cosas que no cambian, sino que mejoran, la carrera de motos y la alegría. Las misas se han hecho más solemnes y la ofrenda a la patrona, se va fortaleciendo año a año, así como la Misa de San Roque va adquiriendo una demostración de solera tradicional.El desfile de carrozas con las reinas infantil y mayor con sus respectivas damas ha ido fortaleciéndose y siendo el punto final de las fiestas. Muchos años antes, cuando no había tantos coches, ni existían los tractores, se hicieron varios desfiles de carros engalanados.Nuestra ciudad, como todas las cosas, ha ido cambiando y evolucionando y las fiestas han ido ganando en mejoras, han venido atracciones que antes no había. Unos años se han dado toros, durante tres años con grandes matadores, como Andres Vázquez, Palomo Linares y otros, un año en lo que fue Plaza del Ganado hoy Instituto Ornia, varios otros en donde ahora está la piscina municipal y finalmente se ha ido cambiando hasta quedar cerca de la nacional seis, últimamente solo se han dado becerradas y suelta de vaquillas.Cada generación trae sus modas y lo mismo ha pasado en las fiestas de nuestra ciudad. Solo ha quedado siempre la atracción hacia los forasteros y la alegría desbordante de nuestra juventud, en todas y cada una de las épocas.
jueves, 14 de julio de 2011
Encarnación Rodríguez Martínez, Una mujer, alegre, carnavalera y festiva
José Cruz Cabo
La señora Encarnación Rodríguez Martínez, más conocida por La Charra o la Flor del Te, fue una mujer valiente, que nunca le arredró nada y que yo conocí más de carca en el año 1943, dado que aunque ya llevaba siendo vecino de ella, la primera vez que cruzamos la palabra fue con motivo de un gran disgusto que llevó, cuando a su hijo Santiago le dejaron tuerto. Santiago y yo salimos de la Escuela Villa una tarde y a Santiago se le ocurrió meterse en una zapatería que era como una caseta de madera, que había detrás de la cárcel, donde hoy está el parque infantil, en la que trabajaba Manuel Valle. Santiago solía entrar mucho por ella y era muy inquieto. Aquel día me convenció a mi para entrar juntos, yo me acurruqué en un lado y, mientras, Santiago se puso a dar vueltas por allí. El zapatero le decía, “estate quieto Santiago, no me toques nada”, pero Santiago seguía a lo suyo sin hacerle caso. En esto Manolo el zapatero, tenía un cristal en la mano, y lo tiró al aire sin querer hacer daño a nadie y para meterle miedo, pero con tal mala suerte que Santiago, cambió de sitio y su ojo fue a parar al cristal partiéndole la pupila a la mitad. Yo subí corriendo con él al Barrio San Eusebio, a casa de su madre la señora Encarna, y la mujer tuvo que bajar a toda velocidad al médico, pero ya no se pudo recuperar el ojo y Santiago quedó tuerto de por vida. El zapatero llevó un disgusto enorme y no creo que se le ocurriera tirar más veces el cristal al aire.
Seguí viviendo allí hasta el año 1955 y la amistad con la señora Encarna fue aumentando con el tiempo y el conocimiento de su personalidad, y puedo asegurar que era una mujer valiente, decidida, que no le tenía miedo a nada. Cuando llegaban los carnavales ella, además de disfrazarse y correr para que los guardias no la pillaran, todos los años organizaba el entierro de la sardina, pero solo por aquella zona, ya que al oscurecer varios chavales del barrio la ayudaban a realizarlo. Se iniciaba por la calle Santa Elena, entonces no había casas por allí, se llegaba a la Pradilla, donde no vivía nadie, y por la cuesta que comienza en la calle Don Pedro el oculista, se volvía al barrio y a su casa. Para no tener sorpresas, La Charra, ponía vigilantes a lo largo del trayecto y si alguno veía venir a la pareja de la Guardia Civil, silbaba y todo lo del entierro se tiraba en las tierras hasta que pasaba el peligro. Pero la señora Encarna no solo se dedicó al carnaval, también enseñaba a bailar los bailes regionales con su pandereta, mantuvo vivo el traje regional, durante varias fiestas patronales participaba en el desfile de carros engalanados, y tenía un gusto exquisito para adornarlos. Entonces no había carrozas y los desfiles eran de carros, unos pujados con caballos y otros con bueyes, pero la Plaza Mayor se llenaba para ver el desfile de los mismos. Organizó varios festivales en el Teatro Pérez Alonso para recaudar dinero para actos benéficos, era una mujer de una actividad frenética y nunca decía no a cualquiera que le pidiera ayuda, para organizar cosas que pudieran servir para ayudar a la gente o simplemente para que nuestra ciudad tuviera más prestigio, o fuese más conocida fuera de aquí. Ella dirigía los bailes regionales y si tenía que participar bailando, también lo hacía, nunca se negaba a nada, hasta coser los trajes de carnaval si era necesario o ayudaba a otros a prepararlos. Fue una mujer bondadosa, que no ponía pegas para ayudar a los demás, en aquellos años 40, de hambre y necesidades sin cuento. ¡Aquello si que era crisis, que aun trabajando no podías comer!.
La señora Encarna fue una de las personas que a pesar de ser una mujer humilde, sin muchos conocimientos culturales, pero con una energía y un corazón como la copa de un pino, con una alegría desbordante, con una sencillez admirable y con una sensibilidad para hacer las cosas con gusto y satisfacción, que le granjearon el afecto y el cariño de todas las personas que la conocieron y la trataron. Fue una mujer de su época, pero que supo amar a nuestra ciudad con pasión y que en su tiempo fue una mujer valiosa y entregada de lleno a La Bañeza y nunca se rindió, aunque la vida muchas veces no la deparó alegrías.
La señora Encarnación Rodríguez Martínez, más conocida por La Charra o la Flor del Te, fue una mujer valiente, que nunca le arredró nada y que yo conocí más de carca en el año 1943, dado que aunque ya llevaba siendo vecino de ella, la primera vez que cruzamos la palabra fue con motivo de un gran disgusto que llevó, cuando a su hijo Santiago le dejaron tuerto. Santiago y yo salimos de la Escuela Villa una tarde y a Santiago se le ocurrió meterse en una zapatería que era como una caseta de madera, que había detrás de la cárcel, donde hoy está el parque infantil, en la que trabajaba Manuel Valle. Santiago solía entrar mucho por ella y era muy inquieto. Aquel día me convenció a mi para entrar juntos, yo me acurruqué en un lado y, mientras, Santiago se puso a dar vueltas por allí. El zapatero le decía, “estate quieto Santiago, no me toques nada”, pero Santiago seguía a lo suyo sin hacerle caso. En esto Manolo el zapatero, tenía un cristal en la mano, y lo tiró al aire sin querer hacer daño a nadie y para meterle miedo, pero con tal mala suerte que Santiago, cambió de sitio y su ojo fue a parar al cristal partiéndole la pupila a la mitad. Yo subí corriendo con él al Barrio San Eusebio, a casa de su madre la señora Encarna, y la mujer tuvo que bajar a toda velocidad al médico, pero ya no se pudo recuperar el ojo y Santiago quedó tuerto de por vida. El zapatero llevó un disgusto enorme y no creo que se le ocurriera tirar más veces el cristal al aire.
Seguí viviendo allí hasta el año 1955 y la amistad con la señora Encarna fue aumentando con el tiempo y el conocimiento de su personalidad, y puedo asegurar que era una mujer valiente, decidida, que no le tenía miedo a nada. Cuando llegaban los carnavales ella, además de disfrazarse y correr para que los guardias no la pillaran, todos los años organizaba el entierro de la sardina, pero solo por aquella zona, ya que al oscurecer varios chavales del barrio la ayudaban a realizarlo. Se iniciaba por la calle Santa Elena, entonces no había casas por allí, se llegaba a la Pradilla, donde no vivía nadie, y por la cuesta que comienza en la calle Don Pedro el oculista, se volvía al barrio y a su casa. Para no tener sorpresas, La Charra, ponía vigilantes a lo largo del trayecto y si alguno veía venir a la pareja de la Guardia Civil, silbaba y todo lo del entierro se tiraba en las tierras hasta que pasaba el peligro. Pero la señora Encarna no solo se dedicó al carnaval, también enseñaba a bailar los bailes regionales con su pandereta, mantuvo vivo el traje regional, durante varias fiestas patronales participaba en el desfile de carros engalanados, y tenía un gusto exquisito para adornarlos. Entonces no había carrozas y los desfiles eran de carros, unos pujados con caballos y otros con bueyes, pero la Plaza Mayor se llenaba para ver el desfile de los mismos. Organizó varios festivales en el Teatro Pérez Alonso para recaudar dinero para actos benéficos, era una mujer de una actividad frenética y nunca decía no a cualquiera que le pidiera ayuda, para organizar cosas que pudieran servir para ayudar a la gente o simplemente para que nuestra ciudad tuviera más prestigio, o fuese más conocida fuera de aquí. Ella dirigía los bailes regionales y si tenía que participar bailando, también lo hacía, nunca se negaba a nada, hasta coser los trajes de carnaval si era necesario o ayudaba a otros a prepararlos. Fue una mujer bondadosa, que no ponía pegas para ayudar a los demás, en aquellos años 40, de hambre y necesidades sin cuento. ¡Aquello si que era crisis, que aun trabajando no podías comer!.
La señora Encarna fue una de las personas que a pesar de ser una mujer humilde, sin muchos conocimientos culturales, pero con una energía y un corazón como la copa de un pino, con una alegría desbordante, con una sencillez admirable y con una sensibilidad para hacer las cosas con gusto y satisfacción, que le granjearon el afecto y el cariño de todas las personas que la conocieron y la trataron. Fue una mujer de su época, pero que supo amar a nuestra ciudad con pasión y que en su tiempo fue una mujer valiosa y entregada de lleno a La Bañeza y nunca se rindió, aunque la vida muchas veces no la deparó alegrías.
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